AUSCHWITZ HOY: reflexiones en torno al caso Eichmann

    Por Stephen A. Hasam

  (Profesor, UAM  Univ Autónoma Metropolitana– Xochimilco-México DF)


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El siguiente texto es una versión revisada de mi participación en el seminario “Auschwitz Hoy”, realizado en el auditorio del Fondo de Cultura Económica el 29 de noviembre de 2003, en torno a la proyección del documental “Un experto” de Rony Brauman y Eyal Sivan, inspirado en el libro de Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén: Un reporte sobre la banalidad del mal, basado en su asistencia al juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961.

I. El judeocidio como política fiscal

Adolf Eichmann fue el jefe de la subsección b-4 (judíos) de la sección responsable del combate a las “sectas” (católicos, protestantes, francmasones, Testigos de Jehová) dentro de la Policía Secreta del Estado [Geheime Staatspolizei: GeStaPo], a su vez adscrita a la Oficina Central de Seguridad del Reich, encabezada por el notorio autor del plan de exterminio de los judíos de Europa, la así llamada “Solución Final”, Reinhardt Heydrich, de origen judío, quien a su vez formaba parte de las SS, cuyo titular era Heinrich Himmler.

Dentro de la pirámide jerárquica de las SS y de la policía secreta del Estado Eichmann ocupaba un puesto no muy alto. Había llegado ahí gracias a los buenos oficios de su amigo de juventud, aunque de clase socioeconómica más privilegiada, Ernst Kaltenbrunner, subalterno de Heydrich, y su sucesor en el cargo cuando éste fue asesinado en un atentado en Praga en 1942. El crecimiento en la importancia de la sub sección de Eichmann, y de él mismo dentro del aparato de las SS, resultó del papel cada vez más central que fue ocupando su área de competencia, la así llamada “cuestión judía”, dentro del gobierno del ‘tercer’ Reich, que llegó a convertirse en central en la medida que transcurrió la guerra.

La “Solución Final a la cuestión judía” alude simultáneamente a dos cosas. Primeramente fue el eufemismo empleado en el ‘tercer’ Reich para la concentración, deportación, después expulsión-exterminio de quienes los médicos al servicio del Estado imperial alemán habían dictaminado “biogenéticamente” como judíos y cíngaros, porque fue la profesión médica la que determinó técnica y científicamente quién viviría y quien moriría, quién era “judío” o “cíngaro” o “eslavo” (y “ario”[¡persa!])y quién no. La determinación de “lo judío” fue una cuestión “científica”, para la cual las prácticas religiosas eran absoluta y totalmente irrelevantes, y fue por eso que resultaba irrelevante para el nazismo la conversión al catolicismo de “judíos genéticos” (caso Crimea: los “Karaimes” judeopracticantes no molestados y “Krimchakos” ajenos a la confesión judía, deportados por ser judíos “genéticos”).

El exterminio administrativo ocurrió en tres vertientes: por masacres administrativas mediante fusilamientos masivos, por el exterminio mediante el trabajo industrial (para los pocos) en los campos de concentración [Konzentrationslager], y el exterminio industrial por envenenamiento con gas (monóxido de carbono en un principio, y después con ácido cianhídrico) en los mataderos industriales, en los así llamados “lager de exterminio” [Vernichtungslager] que, por lo general, carecían de infraestructura compleja de alojamiento, gracias al procedimiento del “justo a tiempo”.

El grueso del exterminio fue realizado en las neocolonias orientales del austro-alemán ‘tercer’ Imperio, sobre todo aprovechando el lugar entonces de por sí más densamente poblado de “judíos genéticos”, la hoy Polonia y, más específicamente, en proximidad de poblaciones que servían de encrucijadas de vías férreas, de importantes reservas de recursos naturales, de centros industriales, clusters mineros e industriales en la jerga actual, donde las SS operarían sus industrias. (Una de las encrucijadas principales era la zona de Cracovia cercana al complejo industrial-concentracionario-exterminador Auschwitz-Birkenau de aproximadamente 40 km2)

Eran a esos sitios a los que la “organización Eichmann” y sus “Comandos de Operaciones Especiales” [Sondereinsatzkommandos] tenían la responsabilidad de suministrar, desde Austria y --posteriormente-- desde muchos otros países colaboracionistas, millones de seres humanos, según la técnica hoy conocida (y erróneamente atribuida al “toyotismo”, que es posterior a Eichmann) como “justo a tiempo” [just-in-time]. Estos millones de seres humanos fueron encorralados, concentrados, hacinados, rigurosamente contabilizados en sus personas, sus bienes muebles e inmuebles, en encierros urbanos creados ex profeso que, aunque llamados ghettos, no tenían casi nada que ver con los ghettos históricos creados por los cristianos contra los judíos, a partir de la bula pontificia de Pablo IV en 1555. Estos nuevos centros urbanos de concentración eran bodegas de existencia de inventarios de humanos vivientes en almacenamiento transitorio, concentrados en los países de origen, donde, además, sus habitantes tenían que laborar hasta su muerte ahí mismo, o ser despachados a los campos de concentración y a los de exterminio ubicados en las neocolonias de oriente, hacinados en vagones de ganado como suministros “justo a tiempo”. El número de personas despachadas estaba calculado para aprovechar al máximo la capacidad industrial de la máquina del exterminio. Por ejemplo, por cada mil que deberían llegar vivas a las cámaras de gas eran despachadas mil veinte, en virtud de que estaban calculadas veinte defunciones en ruta. Todo esto coordinado y dosificado conjuntamente por la “organización Eichmann” y su correa de transmisión con la población ghettoizada, que eran los “Consejos Judíos” por ella instituidos en cada país, cuyos miembros eran reclutados entre líderes de la propia comunidad. La policía de esos centros urbanos de concentración transitoria, conocida como “policía judía”, tenía la tarea de conservar el orden, evitar que cualquiera se escapara y velar por el orden de los embarques. Donde Eichmann no tuvo éxito en establecer un Consejo Judío funcional, con su correspondiente policía para garantizar el “orden”, donde la maquinaria no funcionaba, reinaba el “caos”, salvándose hasta un 50 por ciento de la población (Holanda), frente a un tres por ciento, promedio, donde hubo “orden”, que fue casi en todas partes. El exterminio administrativo en masacres de fusilamiento fue perpetrado por los llamados Grupos de Tareas bajo el mando supremo de Heinrich Himmler y fuerzas locales colaboracionistas, como las ucranianas. El exterminio industrial en cámaras de gas rodantes era realizado por las SS en colaboración con los presos de los campos de concentración y exterminio, donde éstos mismos eran exterminados. En las fábricas de exterminio, casi todo el “proceso industrial” era realizado por los mismos presos. Así, en la medida que avanzó la “Solución Final”, fue siendo perfeccionado el proceso de exterminio a tal grado que, desde el “trabajo” de los Consejos Judíos” y la policía judía en los llamados ghettos, hasta el exterminio industrial era realizado por las víctimas mismas, y financiado por ellas.

Comúnmente es mencionada la conferencia convocada para el 20 de enero de 1942 por Reinhardt Heydrich en la sede de la INTERPOL en la calle Grosser Wahnsee 56/58 de Berlín, la así llamada Conferencia de Wahnsee, como el momento en que fue dada la tal orden para la así llamada “Solución Final” [die Endlösung]. En realidad, en esa conferencia, a la que asistió Eichmann con su jefe convocante para llevar el apunte, fueron consensuadas prácticas que hasta esa fecha ya estaban en marcha desde hacía tiempo, pero de manera desordenada. Nunca había estado en cuestión el exterminio de los judíos en los territorios orientales conquistados, ni tampoco que, después de los judíos y cíngaros, vendrían los eslavos, comenzando por los polacos. Los Grupos de Tarea [Einsatzgruppen] para exterminar a la población judía junto con los comisarios políticos soviéticos ya operaban y realizaban masacres masivas tras el frente de avance de la Wehrmacht.

La decisión para la “Solución Final” (exterminio) de los judíos de toda Europa había sido enunciada por Hitler en realidad cinco semanas antes, en una reunión el 12 de diciembre de 1941 (Christian Gerlach). Para esas fechas, aparte de la emigración forzada, el asesinato social de los “judíos biológicos” dentro del Reich austro-alemán, la población judía exterminada ya había rebasado más de un millón de ejecuciones y cuatro días antes las SS habían iniciado en Chelmno las matanza masiva con cámaras de gas rodantes con motores a Diesel (monóxido de carbono).

A principios de diciembre de 1941 el gobierno hitleriano vivía la peor crisis desde sus inicios: las ciudades industriales estratégicas de Colonia y Aachen habían sido devastadas por bombardeos aéreos británicos (7 y 8 de diciembre respectivamente); en menos de seis meses, desde el 22 de junio, la Luftwaffe había perdido 2093 aviones en el frente oriental, los motores de los tanques estaban fundidos, los trenes hacia el este atascados en la nieve y hielo (rutas ferroviarias apuradamente colocadas con el avance al Este), 160 mil soldados habían caído ya ante las defensas contraofensivas soviéticas (que la URSS pagaría con 20 millones de vidas), miles se congelaban en los hospitales de campiña y trincheras, el ejército oriental estaba en el límite, en el Reich circulaban rumores acerca de reducciones recientes en las raciones de carne y grasa, y cinco días antes Japón, en vez de atacar a la URSS, como había acordado previamente con Hitler, para abrirle un frente oriental, un segundo frente a Stalin, había atacado en vez a Estados Unidos en Pearl Harbor, por lo que el 11 de diciembre, un día antes de la reunión, el ‘tercer’ Reich tuvo que reaccionar con una declaración de guerra contra Estados Unidos. Para Hitler había comenzado la guerra mundial en el peor momento.

En los diarios de Joseph Goebbels se lee al respecto de esa junta:

[C]on relación a los judíos, el Führer está decidido a limpiar la mesa. Está aquí la guerra mundial, el exterminio de la judeidad tiene que ser la consecuencia necesaria. Esta cuestión tiene que ser contemplada sin el más mínimo sentimentalismo. No estamos aquí para tener compasión con los judíos, sino solamente compasión con nuestro pueblo alemán. Si el pueblo alemán ahora ha sacrificado otra vez en la campaña hacia el Este a alrededor de 160 mil muertos, entonces los perpetradores de este conflicto sangriento tendrán que pagar con su vida.


Dos días después, el 14 de diciembre, Himmler se reunió con Victor Brack, responsable junto con Philipp Bouhler del programa de “eutanasia” a enfermos mentales mediante el empleo de inyecciones y cámaras de gas (monóxido de carbono), el llamado programa T4 [por su sede en la calle Tiergartenstrasse 4, Berlin], concebido e implementado por médicos y psiquiatras, programa que tuvo que ser suspendido debido a grandes protestas. Ahora este cuerpo de expertos, que primero exterminaría a más de 200 mil alemanes, (este exterminio comenzó el mismo día en que Hitler invadió Polonia, el 1° de septiembre de 1939), fue enviado a las neocolonias del Este para cumplir con una tarea de “eutanasia” aun mayor en los campos de exterminio ampliados y a ser construidos: exterminar a los judíos de Europa. A las cámaras de gas a base del monóxido de carbono generado por motores Diesel fueron sumadas en Auschwitz-Birkenau, primero de manera experimental, cámaras de gas que empleaban el gas ya existente en los campos de concentración como medio de desinfección, el ácido cianhídrico.

Este gas, empleado masivamente en el combate a plagas en el agro, cuyas cualidades letales habían sido descubiertas después de la Primera Guerra Mundial por un “experto”, el químico Fritz Haber, director del departamento de guerra química del Káiser durante la Primera Guerra Mundial, Premio Nobel en química al final de la misma, el mismo 1918. Chauvinista alemán en extremo, personalidad autoriario-servil prototípica, inventor del amoniaco sintético, puso al servicio de su patria y Káiser su cuerpo y alma nacionalistas durante la Primera Guerra Mundial. Inventó el gas de cloro, que él mismo aplicó en el frente de guerra, junto con algunos de sus brillantes jóvenes discípulos, otros aspirantes a expertos, futuros Premios Nobel en física como Otto Hahn, James Franck y Gustav Hertz. Max Born rehusó participar. Haber argumentaba que era más humana la guerra química que la de las bombas y balas. Posteriormente vendería sus conocimientos en guerra química también a Alfonso XIII y Primo de Rivera en su guerra contra Abd al-Krim en Marruecos. En 1934 Haber se refugió en Suiza, al serle aplicada en Alemania la interdicción laboral contra empleados públicos, por ser judío. Familiares suyos fueron exterminados en el marco de la “Solución Final”.

La segunda acepción del eufemismo “Solución Final” (acepción menos conocida) tiene que ver con los fundamentos mismos del proyecto socio-económico-racial nacional popular del nazismo, y su proyecto imperialista. La “Solución Final” fue uno de los proyectos de redistribución de la riqueza más radicales ocurridos en el siglo XX.

El nazismo había reemplazado el concepto clase por el de raza, como lo ha planteado el historiador Götz Aly. A las mussolinianas democrazia totalitaria y ordine nuovo corresponderían en el nazismo el comunitarismo o comunidad del pueblo alemán, delimitado “científico-racialmente” [Volksgemeinschaft] y la Revolución Nacionalsocialista, tan vitoreada ya en 1934 por el célebre filósofo y rector nazi de la Universidad de Friburgo, Martin Heidegger. Por la raza hablaría el espíritu, y su voz era el caudillo, líder, Führer (führen=liderear). Los enemigos del pueblo y del socialismo nacionalista eran, según el discurso oficial, la “especulación financiera judía” y el “bolchevismo judío”, por muy incompatibles que sean estas dos aseveraciones entre sí (Don Dinero judío y el enemigo judío del capitalismo). Himmler habló incluso del “socialismo de la buena sangre” y vale recalcar que el nombre oficial del partido nazi fue Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista, y su bandera, la de las huelgas. Las bases sociales del nacionalsocialismo esperaban de su revolución socialista nacionalista un ascenso social masivo.

Para resolver la cuestión social interna, uno de los instrumentos centrales empleados fue la política expropiatoria (nacionalizadora) y fiscal en un principio, y vinculada con la expansión imperial después. Mientras que durante la Primera Guerra Mundial sólo el 13 por ciento de los gastos del Estado fueron financiados por ingresos regulares recaudados por el fisco, durante la Segunda Guerra Mundial hasta 1944, la cifra fue de 50 por ciento. A los fuertes impuestos sobre la renta aplicados a los empresarios y perceptores de altos ingresos, fue agregado un impuesto de guerra extraordinario del 50 por ciento. Excluidos estaban, sin embargo, quienes tuvieran ingresos menores a 3000 marcos --un techo muy generoso-- lo que, según las cifras del año 1937, significaba que la totalidad de los obreros (15,5 millones) y el 53 por ciento de los empleados públicos quedaran exentos. Los agricultores vivieron en un “oasis-fiscal”, pues el rendimiento impositivo en el campo no incrementó ni un centavo durante toda la guerra.

En los primeros treinta meses de la guerra fueron recaudados doce mil millones (millardos) de marcos adicionales, sólo 2,5 millardos en impuestos dirigidos al grueso de la población, es decir, impuestos indirectos, IVA al tabaco y alcohol, y el resto, 9,5 millardos provinieron de los empresarios y preceptores de ingresos altos. Un año después, en plena guerra, lo recaudado por el Estado proveniente de ingresos empresariales fue de alrededor de 15 a 17 millardos de marcos adicionales, frente a apenas un millardo adicional de otros ingresos privados. La tasa de impuestos a sociedades fue colocada en 50 por ciento y la de las ganancias en dividendos y beneficios bursátiles fue elevada al 65 por ciento. Los casatenientes, sujetos desde 1942 a un congelamiento en los alquileres tuvieron que desembolsar 7,75 millardos de marcos en impuestos especiales adicionales. El 13 por ciento de los causantes pagaba el 80 por ciento de los ingresos totales recaudados por vía de impuestos que ingresaban a las arcas del Estado. Pese a los reclamos de los expertos gubernamentales en contra de esa política fiscal muy desfavorable para el decil más alto de la población en materia de ingresos, los funcionarios del Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista y Hitler se opusieron hasta el final de la guerra a cualquier modificación.

Sin embargo, con la implementación de ese “comunismo de guerra”, como lo ha calificado Götz Aly, y pese a los enormes impuestos aplicados a ese decil (13 por ciento) más rico de la población, que ponía el 80 por ciento de lo recaudado, los recursos así generados dentro del Reich no cubrían ese 50 por ciento del gasto de guerra (“inversión”), que el Estado, presuntamente, financiaba con ingresos directos a sus arcas. ¿Cómo explicar el faltante, que era más de la mitad?

Para pagar las deudas de la guerra estaba ya previsto cubrirlas mediante la expansión y conquista imperiales: con recursos extraídos a las economías extranjeras y la ocupación de tierras extranjeras, particularmente Polonia y la Unión Soviética, que pasarían a ser propiedad del Reich; tierras y recursos que, primero nacionalizados por el Estado mediante la conquista, podrían entonces generarle ingresos al Estado al ser privatizados en beneficio del capital. En este contexto los gastos militares no eran vistos como gastos, mucho menos como gastos improductivos, sino como inversión, pues frente a estos gastos-inversión habría que contraponer los enormes beneficios que la guerra generaría en calidad de botín; riquezas “ganadas por la espada [austro]alemana”. Por eso mismo, parte de la propiedad del Reich así obtenida debería ser puesta a disfrute y disposición de los ahorradores austroalemanes, como participaciones en complejos industriales y minas en el Este conquistado y ocupado.

El recurso a las arcas de países extranjeros, que aparecía en la cuenta nacional bajo el rubro de “otros ingresos” resultó ser “el auténtico factor dinámico” del financiamiento alemán de la guerra. En este rubro fueron ingresados y ocultados los tributos pagados por “costos de ocupación”, que el imperio invasor imponía a cada país que ocupaba. La regla era que el país ocupado tenía que erogar a favor de su ocupante el equivalente al 50 por ciento del último presupuesto nacional total del año previo a la ocupación, en paga por los “costos de ocupación”. Según el entonces Banco Internacional para el Equilibrio Internacional de Balanza de Pagos en Basilea, Suiza, los ingresos a través del saqueo imperial llegaron a 28,1 millardos de marcos en 1943 y a 39, 6 millardos en 1944. Esto quiere decir que el tributo pagado por los países ocupados bajo el eufemismo “costos de ocupación” conformó más de la mitad de todos los ingresos vía impuestos que entraron a las arcas del Reich.

Cualquier país del mundo tendría que colapsarse económicamente si de un año para el otro, más aún si acaba de ser invadido, tuviera que incrementar su presupuesto anual en un 50 por ciento, para pagar los “costos de ocupación” de su invasor. La inflación que esto desataría sería incontrolable y desestabilizaría al país social y económicamente. Previendo esto, y buscando lograr una explotación sistemática e integral del país ocupado, en colaboración con una administración nativa cooperativa, el ocupante tenía interés y reconoció la importancia de una estabilización macroeconómica. Así, “de manera altamente secreta y, en posible, sin dejar rastro”, el ocupante le insistía a la administración colaboracionista del país ocupado la nacionalización y subsiguiente reprivatización de los bienes expropiados a los judíos ghettoizados y/o en ruta al exterminio en beneficio de los países ocupados de Europa. Este programa de saqueo imperial a favor del “socialismo de la sangre” o “de la raza” en la metrópoli, a través de programas de estabilización macroeconómica en los países satélites, es decir, política de estabilización macroeconómica como instrumento central de saqueo integral de una economía nacional, en un clima de estabilidad y propicio para atraer inversionistas, con la concomitante expropiación, nacionalización/estatización, reprivatización, pago de “costos de ocupación”, fue bautizado, apelando al nacionalismo, según el país, como polonización, rumanización, chequización, magyarización, helenización, etc. En el caso de Grecia, único país donde la ocupación alcanzó a desatar una macroinflación, el plan de saqueo integral de la economía nacional incluyó un paquete de rescate macroeconómico diseñado por los economistas del Reich, que incluyó el envío de oro desde el Reich a las reservas griegas, para estabilizar la moneda local. Según relata el historiador Götz Aly, Eberhard von Thadden, el enviado a Grecia para preparar la deportación [y exterminio] de los judíos, calificó su viaje en un memorándum como “encargo especial del Führer relativo a la estabilización de las condiciones económicas en Grecia”. En Alemania y Austria a la nacionalización se le llamó “arización”, mientras que a la expropiación se le llamó “desjudificación”.

“Los funcionarios de los gobiernos nacionales de los países satélites y millones de consumidores europeos --acota Götz Aly-- se transformaron en co-ladrones y encubridores de hurto. Con todo, los beneficios de lo vendido afluyeron hacia los ministerios de finanzas nacionales en los respectivos países ocupados y, de ahí --bien concientemente y organizado de manera muy encubierta-- a los respectivos intendentes de las fuerzas de ocupación, de la Wehrmacht. Estos administraban las cuentas bancarias, en los que eran depositados los “costos de ocupación”. Estaban al final de un sistema perfecto de lavado de dinero”.

“Cuando uno tiene claro que los soldados alemanes recibían la parte principal de su paga en la moneda del país en el que estaban estacionados, para minimizar la presión inflacionaria sobre el marco, cuando uno tiene claro, además, que las permanencias en los hospitales militares de soldados heridos alemanes en Hungría, Polonia, o en Bohemia eran pagadas en la respectiva moneda local, así como también los suministros de millones y millones de toneladas de víveres, de servicios prestados, de productos industriales y materias primas suministrados al Reich y a la Wehrmacht, se vuelve claro dónde finalmente fueron a parar los bienes de los judíos asesinados de Europa”, señala Götz Aly y agrega que no fueron a parar solamente al gran capital, que se benefició, por supuesto, con los contratos de guerra y el botín creciente proveniente de las neocolonias, sino que los beneficios también “fueron valorizados en beneficio de millones de alemanes. A éstos el régimen no les podía imponer demasiadas cargas de guerra y les pagaba su salario indirectamente de la venta de los bienes de millones de judíos europeos expropiados, en su mayoría asesinados. Estos soldados se aprovisionaban de dinero en los mercados negros de Europa, se compraban cigarros y enviaban millones de paquetes vía el correo militar a casa. El tráfico de paquetes en esa dirección jamás fue restringido, por deseo explícito de Hitler”.

“La alemania hitleriana se convirtió durante la guerra en el Estado redistributivo par excellence, asevera Götz Aly y señala que “sólo así puede explicarse la gran estabilidad interna, una estabilidad empero que --como en todo Estado redistribuidor-- tiene que ser comprada permanentemente de nuevo. Así se desarrolló una unidad de carácter nacional de las políticas racial, social y económica”.

El hecho de que la “nación judía”, por así llamarle, una de las muchas naciones históricas europeas, hubiera financiado de manera tan significativa la primera fase de la “revolución socialista (etno)nacionalista” y la guerra imperialista del austroalemán “Reich quiliasta”, de mil años, se debe a que, como toda nación, consta de clases sociales, sectores minoritarios muy, muy ricos, sectores medios y una gran base muy trabajadora y explotada con recursos e ingresos muy limitados, como la diáspora mexicana (o salvadoreña), pero que en su conjunto, por su volumen, se ha vuelto la principal fuente de divisas del Estado mexicano (y salvadoreño). Así, el “socialismo nacionalista”, “de la raza”, “de la sangre”, de una población nacional fue financiado por la expropiación/nacionalización (“desjudificación”/”helenización”, etc.) de otra nación europea (en todas sus clases sociales) completa, mediante su exterminio físico a escala industrial. La bomba de neutrones todavía no había sido inventada, menos aún su equivalente biológico, que permitiría exterminar a todos los portadores de un atributo biológico específico, sin rasguñar a los demás, como lo fue el catarro común para los indoamericanos y polinesios en el siglo XV.


Es en este contexto que tiene que ser entendida la función tan importante que desempeñó en las SS la Sección IV-b4, “secta judía”, de la GeStaPo, encabezada por el experto en cuestiones judías, Adolf Eichmann, en el judeocidio, es decir, en el proyecto “socialista (etno)nacionalista” redistributivo y en el financiamiento de la guerra imperialista del ‘tercer’ Reich austroalemán. El siguiente paso iba a ser el exterminio de los polacos inservibles como esclavos, y la expulsión-muerte de 40 a 50 millones de eslavos hacia Siberia, para que el Reich quiliasta se hiciera de un espacio vital [Lebensraum] “libre de eslavos” del tamaño de Polonia, los países bálticos y todo el occidente de Rusia. Eichmann sobreviviría la guerra, se escondería y, con la ayuda de redes clandestinas, y del obispo Alois Hudal y Edoardo Dömöter, padre de la iglesia de San Antonio en Génova (El nazismo exterminó a más de cuatro mil cuadros del imperio sacro Vaticano entre sacerdotes, monjes y monjas), bajo el nombre Riccardo Klement, formaría parte de la emigración silenciosa nazi a Sudamérica, incluyendo a la Argentina del general Juan Domingo Perón, donde residiría hasta su rapto el 11 de mayo de 1960 en Buenos Aires y su traslado a Jerusalén para ser sometido a juicio.

 

II. La banalidad del mal


Adolf Eichmann fue ejecutado en la horca poco antes de la media noche el 31 de mayo de 1962. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas esparcidas en el Mar Mediterráneo frente a la costa de Israel. Pocas horas antes ese mismo día había sido rechazada su solicitud de clemencia --cuatro folios manuscritos-- presentada dos días antes al presidente de Israel, Itzhak Ben-Zvi. Había sido sentenciado a muerte el 15 de diciembre de 1961, condena que fue confirmada por la Corte de Apelación el 29 de mayo de 1962.

Quien había sido responsable del suministro just-in-time de millones de seres humanos a las industrias del exterminio, de la provisión de decenas de miles de esclavos a ser exterminados a través del trabajo [Vernichtung durch Arbeit], opositor en el otoño de 1944 a la orden de Himmler de cesar el judeocidio y parar la industria exterminadora ante la inminente rendición, de concebir el plan “sangre por mercancías” (un millón de judíos a cambio de diez mil camiones) y responsable vía sus subalternos del campo de concentración de Theresienstadt fue a la horca “con gran dignidad”, según narró Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén:

 

Caminó las cincuenta yardas de su celda a la cámara de ejecución calmado y erecto, con sus manos atadas detrás. Cuando los guardias ataron sus tobillos y rodillas, les solicitó aflojar los lazos para que pudiera pararse derecho. ‘No necesito eso’, dijo cuando le fue ofrecida la capucha negra. Estaba completamente al mando de sí mismo; no, aún más: era completamente él mismo. Nada podría haber demostrado esto más convincentemente que la grotesca ridiculez de sus últimas palabras. Comenzó aseverando enfáticamente que era un creyente en Dios [Gottgläubiger], para expresar en común usanza nazi que no era cristiano y no creía en la vida después de la muerte. Entonces prosiguió: ‘Despues de poco tiempo, caballeros, nos volveremos a encontrar. Tal es el destino de todos los hombres. Viva Alemania, viva Argentina, viva Austria, no las olvidaré.’

 

Arendt añadió en seguida que Eichmann, “de cara a la muerte, había encontrado el cliché utilizado en oratoria funebre”, que bajo la horca, su memoria le había jugado “el último truco”, pues “estaba en un estado de elación y olvidó que éste era su propio funeral”, y que “era como si en esos últimos minutos él estaba resumiendo la lección que este curso largo sobre la maldad humana nos había enseñado –la lección de la temerosa banalidad del mal, desafiante a la palabra y al pensamiento”.

La noción de banalidad del mal, expresión que acuñó Arendt a resultas de escuchar y observar a Eichmann durante el juicio al que ella asistió de principio a fin, desató una feroz controversia e indignación internacionales al aparecer como Leitmotiv de su reporte del juicio, e incluso como parte del título mismo del libro: Eichmann en Jerusalén: un reporte sobre la banalidad del mal. El nazismo unos lustros antes había denegado a decenas de millones de seres humanos pertenencia a la especie humana declarándoles peste animal y, en el mejor de los casos, infrahumanos que deberían ser esclavizados y/o exterminados. Ahora El fiscal Gideon Hausner en su discurso inicial había señalado que Eichmann, por los crímenes en los que había co-participado, era un monstruo al que le denegó por ello pertenencia a la especie humana. ¿Qué relación pudiera entonces existir entre banalidad del mal y los perpetradores de una monstruosidad que desafió y --parafraseando a Arendt-- sigue desafiando a la palabra y el pensamiento?

Ella aseveró que “el problema con Eichmann era precisamente que había muchos como él, y que los muchos no eran ni perversos ni sádicos, que eran, y todavía son, terriblemente y aterradoramente normales” y que “esta normalidad era mucho más aterradora que todas las atrocidades sumadas juntas, pues implicaba […] que este nuevo tipo de criminal, quien es de hecho hostis generis humani, comete sus crímenes bajo circunstancias que le hacen casi imposible saber o sentir que está obrando mal”. Así, la banalidad del mal, según Arendt, se encuentra en la normalidad de esos muchos, inconscientes e insensibles a que están obrando mal, e imposibilitados incluso de percatarse de ello, al carecer de falta de imaginación, en el sentido de Arendt. Esto y su vigencia actual serían lo más terrorífico de todo. En este sentido, la evidencia que salió a la luz en torno al caso Eichmann, aseveró ella, “era incluso más convincente”.


Arendt, para someter su propio planteamiento a una refutadora crítica radical, procedió en su análisis a la inversa: intentó encontrar, sin éxito, cualquier indicio en lo manifestado por Eichmann durante el juicio, que externara alguna auto percepción del mal con relación a la monstruosidad en la que co-participó de manera central. El único indicio que encontró fue de carácter somático: un comentario de Eichmann de los efectos sobre su estómago de haber sido testigo directo de atrocidades en proceso durante una de sus visitas a fábricas de exterminio humano, y cuyo único resultado práctico fue que siguiera ejerciendo su oficio con eficiencia y ambición de ascenso escalafonario, pero evitando situaciones que pudieran interferir con su tranquilidad estomacal y el máximo rendimiento en su trabajo. El judeocidio, cingarocidio y eslavocidio mediante masacres administrativas e industrias del exterminio con su concomitante saqueo de bienes muebles e inmuebles (territorios enteros), que debían ser rigurosamente administrados, era trabajo, mucho trabajo. El “trabajo hace libre” rezaba a la entrada del lager-cabecera de Auschwitz.

Arendt descartó que Eichmann fuera un extraordinario actor y/o cuadro nazi brillante que, consciente del mal del que había sido co-perpetrador, simulara un papel de obediente burócrata durante el juicio: Eichmann, quien no podía hablar sino en clichés, que no podía reflexionar, resultó ser más terrorífico que un monstruo humano, que sería una excepción, por ende, tranquilizadora. Resultó ser la regla, la terrorífica normalidad compartida con tantos otros, un prototipo de la personalidad autoritaria-servil, la banalidad del mal.

De manera más explícita, y en respuesta a las críticas lanzadas contra su formulación, Arendt escribió que cuando se refería a la banalidad del mal, lo hacía “sólo a nivel de los hechos, apuntando a un fenómeno que le saltaba a uno directamente a la vista durante el juicio”. Ajeno a personajes shakespeareanos como Macbeth y Iago, Eichmann, “excepto por una diligencia extraordinaria en velar por su avance personal, no tenía para nada motivos. Y esta diligencia en sí misma no era en nada criminal; sin duda jamás hubiera asesinado a su superior para heredar su puesto. Él meramente, para poner el asunto en términos coloquiales, jamás se dio cuenta de lo que hacía”. Y acotó que era “precisamente esta falta de imaginación” la que le había permitido desahogarse durante ocho meses ante un judío alemán durante la interrogación policiaca en Jerusalén, que duró varios meses previos al juicio, donde su principal y recurrente lamento era que no había pasado de teniente coronel de las SS y que no era su culpa el que no hubiera sido ascendido. Arendt subrayó que Eichmann sabía perfectamente bien de lo que había sido co-partícipe quince años atrás, y en su declaración final ante el tribunal habló de una “revaloración de los valores prescritos por el gobierno [nazi]”. “No era estúpido”, observó Arendt, “era mera irreflexión [thoughtlessness] --algo para nada idéntico a estupidez-- lo que le predisponía a convertirse en uno de los más grandes criminales de aquel período”.

Cuanto más tiempo uno escuchara a Eichmann durante el juicio, observó Arendt, “tanto más obvio se hizo que su inhabilidad para hablar estaba estrechamente vinculada a su inhabilidad para ‘pensar’, es decir, a pensar desde el punto de vista del otro. Ninguna comunicación era posible con él, no porque mentía, sino porque estaba rodeado de dispositivos más confiables que le salvaguardaban frente a las palabras y a la presencia de otros, y por ende, frente a la realidad como tal”.

La lección que podía uno extraer del juicio en Jerusalén, según Arendt, que no era ni explicación, ni mucho menos teoría, era que “una lejanía tal de la realidad y tal irreflexión”, como la mostrada por Eichmann bajo la horca, “cuando no fue capaz de pensar en nada salvo en lo que había escuchado en funerales toda su vida, y que esas ‘palabras rimbombantes’ [su cliché de despedida] obnubilaran la realidad de su propia muerte [...] puede infligir más devastación que todos los instintos malvados tomados juntos que, quizás sean inherentes al ser humano”.

Serían pues la irreflexión, la falta de imaginación y la lejanía de la realidad, siempre en el sentido de Arendt, lo que da pie a la banalidad del mal, es decir, a las muchas terribles y aterradoras personas normales como Eichmann. Pero, ¿bajo qué condiciones proliferan masivamente la irreflexión, la falta de imaginación y la lejanía de la realidad?

 

III. Auschwitz Hoy


Otro filósofo y ensayista, Günther Anders, primer esposo de Arendt, empleó una noción que pudiera ser vista en cierta medida como sinónimo de la banalidad del mal: lo monstruoso. Para Anders “las repeticiones de lo monstruoso no son sólo posibles [...] sino probables” y, por lo tanto, era necesario ir a las raíces. En esa búsqueda radical Anders se ocuparía también del estreno atómico mundial, el lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima (y después Nagasaki) por Claude Eatherly. Identificó dos raíces de lo monstruoso que, además, calificó como más profundas que las políticas: lo que llamó la desproporción y la naturaleza maquinal del mundo de hoy.

Con desproporción se refería Anders a la brecha que se ha abierto entre lo que los seres humanos pueden hacer y “lo que puede ser psicológicamente verificable”, algo similar a la falta de imaginación de Arendt. El triunfo de la técnica ha hecho “que nuestro mundo ya sea ‘demasiado’ para nosotros”. Explicó que “lo que en adelante podemos ‘hacer’ (y lo que, por lo tanto, hacemos realmente) es más grande que aquello de lo que podemos ‘crearnos una representación’; que entre nuestra capacidad de ‘fabricación’ y nuestra facultad de ‘representación’ se ha abierto un abismo” cada día mayor. Agregó que mientras la capacidad de fabricación de los seres humanos, nosotros, es incontenible e ‘ilimitada’, “nuestra facultad de representación es, por naturaleza ‘limitada’”. Es decir que “los objetos que hoy estamos acostumbrados a producir con la ayuda de nuestra técnica imposible de contener; así como los efectos que somos capaces de provocar, son tan enormes y tan potentes que ya no podemos concebirlos, y menos aún identificarlos como nuestros”. Anders alertó que lo mismo ocurre con relación al proceso de trabajo, donde ocurre lo que llama una ilimitada mediación:

Tan pronto como se nos da un empleo para que ejecutemos una de las innumerables actividades aisladas de las que se compone el proceso de producción perdemos no sólo el interés por el mecanismo en tanto totalidad y por sus efectos últimos, sino que se nos arrebata la capacidad de crearnos una representación de todo ello. Una vez sobrepasado cierto grado de mediación --y esto es la norma en la forma actual de trabajo industrial, comercial y administrativo-- renunciamos, o mejor dicho, ya no sabemos siquiera que renunciamos a lo que sería nuestra tarea: contar con una representación de lo que hacemos.

Según Anders, ya no podemos imaginarnos el cuadro completo. Y lo mismo ocurre con nuestra percepción:

[E]n el momento en que los efectos de nuestro trabajo o de nuestra acción sobrepasan cierta magnitud o cierto grado de mediación, comienzan a tornarse obscuros para nosotros. Cuanto más complejo se hace el aparato en el que estamos inmersos, cuanto mayores son sus efectos, tanto menos tenemos una visión de los mismos y tanto más se complica nuestra posibilidad de comprender los procesos de los que formamos parte o de entender realmente lo que está en juego en ellos. […] Nuestro mundo, al sustraerse tanto a nuestra representación como a nuestra percepción, se torna cada día más ‘oscuro’ Tan oscuro que podríamos calificar nuestra época de dark age.[La Era de las Tinieblas]


Quien cree que la ilustración de los seres humanos iría de la mano del desarrollo tecnológico no sólo se equivoca sino que cae víctima “de los actuales grupos de poder: de esos hombres oscuros de la época técnica cuyo máximo interés es mantenernos en la oscuridad en con la realidad del oscurecimiento de nuestro mundo o, mejor dicho, producir incesantemente esa oscuridad. Pues esta es la ingeniosa mistificación de la que hoy son víctimas quienes carecen de poder”. Y acotó Anders que “si ayer la táctica consistía en ‘excluir’ de toda ilustración posible a quienes carecían de poder, hoy consiste en ‘hacer creer’ que tienen luces quienes no ven que no ven”. La técnica y la ilustración hoy día avanzan en direcciones inversas, son “inversamente proporcionales”: “cuanto más trepidante es el ritmo del progreso, cuanto mayores son los efectos de nuestra producción y más compleja la estructura de nuestros aparatos, tanto más rápidamente pierden nuestra representación y nuestra percepción la fuerza de avanzar al mismo ritmo, cuanto más rápidamente se eclipsan nuestras ‘luces’, más ciegos nos volvemos.

Advirtió que “si aquello a lo que propiamente habría que reaccionar se torna desmesurado, también nuestra capacidad de sentir desfallece. Ya afecte esta ‘desmesura’ a proyectos, logros productivos o acciones realizadas, el ‘demasiado grande’ nos deja fríos, o mejor dicho, ni siquiera fríos (pues la frialdad sería también una forma de sentir), sino completamente indiferentes: nos convertimos en ‘analfabetos emocionales’ que, enfrentados a ‘textos demasiado grandes’, son ya incapaces de reconocer que lo que tienen ante sí son textos”. Es debido a esto que el exterminio de seis millones de seres humanos nos resulta “un simple número”, mientras que la evocación de una matanza de pocas personas o la aniquilación de una sola persona todavía nos puede horrorizar. Así, como ha observado Primo Levi, “una sola Anna Frank despierta más emoción que los millares [escondidos en Holanda] que como ella sufrieron”. Así también, en el mismo en Auschwitz-Birkenau, relata Primo Levi, el descubrimiento por los miembros de un Sonderkommando [“escuadra especial” de presos] dentro de la cámara de gas de una joven de 16 años aún viva debajo de un cerro de cadáveres humanos exterminados motivó a aquellos a llamar a un médico para reanimarla mediante una inyección. Una vez reanimada, un militante de las SS de nombre Muhsfeld fue llamado para decidir qué hacer con ella. Decidió que, como ella era testigo vivo de algo que nadie había sobrevivido y que nadie debiera saber, debería morir (como sucedía cada tanto tiempo con los mismos miembros de las escuadras). Un subalterno fue ordenado a matarla de un golpe en la nuca.

La insuficiencia de nuestro sentir y el desfallecimiento de nuestra facultad de representación y de nuestra percepción, “[hacen] posible la repetición de lo peor; facilita su incremento; convierte incluso en inevitable su repetición y su incremento. Pues entre los sentimientos que desfallecen no sólo está el del horror; el del respeto o el de la compasión, sino también el ‘sentimiento de responsabilidad’ [...] este sentimiento se torna tanto más impotente cuanto mayor se vuelve el efecto que nos proponemos lograr o que ya hemos logrado; que se hace igual a cero --y esto significa: que nuestro mecanismo de inhibición queda totalmente paralizado-- tan pronto como se sobrepasa cierto umbral. Y dado que esta regla infernal es efectiva, hoy lo ‘monstruoso’ tiene vía libre.”


Ante la desproporción, según Anders, “existe todavía la posibilidad de parar el monstruo”, en virtud de que “la experiencia misma de nuestra impotencia representa [...] una experiencia moral positiva”, que puede “activar un mecanismo de inhibición”. Y explica que, “en el shock de nuestra impotencia habita, por así decirlo, un poder de advertencia”, lo que nos advierte que “hemos alcanzado ese límite último tras el cual los caminos de responsabilidad y del cinismo se bifurcan irremediablemente”.

Señaló Anders que, quien ha intentado alguna vez “representarse”, visualizar o imaginarse “los efectos de la acción por él planteada” y, “tras fracasar en su intento, reconoce verdaderamente el fracaso, le invade el miedo; un miedo salvífico ante lo que se proponía hacer realidad”. “De este modo --acotó Anders-- se siente llamado a reexaminar su decisión” y a “hacer depender desde entonces su colaboración de su propia decisión”. Y así “ya ha dejado atrás la zona de riesgo en la que le podría ocurrir algo eichmanniano y en la que podría convertirse en ‘un Eichmann’”.

Anders sintetizó:

‘No puedo representarme el efecto de esta acción’, dice.

‘Luego se trata de un efecto monstruoso.

Luego no puedo asumirlo.

Luego he de revisar la acción planeada, o bien

Rechazarla, o bien combatirla’.

 

Eichmann evitó correr el riesgo de debilitarse, de fracasar, ejercitando su voluntad para evitar representarse los resultados de sus acciones. Esa autocensura de la vista la ejercitó hasta que se convirtió en un mecanismo automático del inconsciente, hasta convertirle en un estúpido, que no era estúpido. La represión --como categoría psicológica-- ejercitada por Eichmann antecedía a la acción. Su experiencia como testigo directo de la comisión de atrocidades cuando fue enviado a visitar los campos de exterminio en el Este le llevó a la renovada determinación de evitar a cualquier costo cualquier representación hasta el día mismo en que fue ejecutado en Jerusalén. Es más, Eichmann quiso mantenerse lo más posible en la ignorancia acerca de las monstruosidades de las que fue activo co-partícipe. La ignorancia buscada activamente fue la falta en sí, pues quería negarse a saber lo que hacía, negarse a saber lo que sabía, negarse a ver el cuadro completo; un atributo de la personalidad autoritaria-servil. Para eso se refugió en el alibi, en la coartada de estar en otra parte como engrane receptor de órdenes [Befehlsempfänger]a nivel medio de una insaciable megamáquina, que operaba jerárquicamente, sin (querer) representarse el cuadro completo. Estas personalidades autoritario-serviles, omnipotentes hacia abajo e impotentes hacia arriba, personas perfectamente normales, “estaban --y están-- hechas de nuestra misma pasta” (Primo Levi), y abundan en las corporaciones privadas, organismos internacionales, y burocracias estatales de hoy. Piénsese en la ejecución por “expertos” de devastaciones de países, no, de regiones enteras del mundo, de cientos de millones de personas hoy día por los Eichmanns preocupados ante todo por su ascenso escalafonario en los gobiernos de los países, en los organismos internacionales, en las corporaciones privadas de la economía formal y criminal. A las tiranías gubernamentales se suman hoy las tiranías privadas, que muchas veces van juntas, como en el caso de las SS en el nazismo. Así el principio de acción tipo Eichmann lo formula así Anders:

 

‘Yo no reconozco en absoluto lo monstruoso.

Debido a la ‘desproporción’, soy absolutamente incapaz de reconocerlo.

Luego nada se me puede imputar.

Luego puedo hacer lo monstruoso’.

 

O

‘Yo no veo a los millones de personas que ordeno llevar a las cámaras de gas.

Me es totalmente imposible verlos.

Por tanto, puedo ordenar tranquilamente que los lleven a las cámaras de gas’.

 

La segunda raíz o de lo monstruoso, según Anders deriva de que el mundo actual “está en camino de convertirse en una máquina”. Ahora bien, la razón de ser de las máquinas, explicó Anders, es el máximo rendimiento. Por lo tanto, todas y cada una de las máquinas “necesita ‘mundos en derredor’ que garanticen este máximo. Y lo que necesitan, lo conquistan”.


“Toda máquina --señaló Anders-- es expansionista, por no decir ‘imperialista’; cada una de ellas se crea su propio ‘imperio colonial’ de servicios (compuesto por personal auxiliar, de servicio, consumidores, etc.) Y de estos ‘imperios coloniales’ exigen que se transformen a su imagen (la de las máquinas); que ‘jueguen su juego’, trabajando con la misma perfección y seguridad que ellas; en una palabra: que aunque localizadas fuera de la ‘madre patria’ [...] se conviertan en co-maquinales. La máquina originaria, pues, se expande, se convierte en ‘megamáquina’. [...] La autoexpansión no conoce límites, la ‘sed de acumulación de las máquinas es insaciable”.

Al proceso maquinal de exclusión humana lo describió Anders así:

 

“Las máquinas arrinconan como carentes de valor y nulos todos aquellos fragmentos de mundo que no se pliegan a la co-maquinización por ellas exigida; o que expulsan y eliminan, como si de desechos se tratara, a quienes, incapaces de prestar servicios o reacios al trabajo, sólo desean haraganear, constituyendo así una amenaza para la extensión del imperio de las máquinas. [...] Naturalmente este proceso de co-maquinización no es solamente una lucha de las máquinas ‘contra’ el mundo, sino que es siempre, al mismo tiempo, una lucha ‘por’ el mundo, una competencia que las máquinas ávidas de botín despliegan ‘unas frente a otras’. Pero este hecho [...] no disminuye en absoluto la claridad del objetivo final [...] ‘conquista total’. Lo que desean las máquinas es una situación en la que ya no haya nada que no se pliegue a ellas, nada que no sea ya ‘co-maquinal’, ninguna ‘naturaleza’, ninguno de los así llamados ‘valores superiores’ ni (puesto que para ellas nosotros sólo seríamos ya personal de servicio o de consumo) tampoco nosotros, los seres humanos. Sino solamente ellas.


Así Anders llegó a su concepto de “máquina mundial”, o “imperio quiliasta del totalitarismo técnico”: “El mundo en tanto que máquina, es realmente el estado ‘técnico-totalitario’ al que nos dirigimos” y al que nos hemos dirigido “desde siempre, pues esta tendencia deriva del principio de la máquina, esto es, el impulso de autoexpansión. Por esta razón podemos afirmar tranquilamente: el mundo en tanto que máquina es el imperio quiliasta que soñaron todas las máquinas, desde la primera de ellas; y que hoy tenemos realmente ante nosotros, pues desde hace un par de décadas esta evolución ha entrado en un accelerando cada vez más vertiginoso”.

Cuando se realice el imperio quiliasta del totalitarismo técnico, acotó Anders, “sólo existiremos como piezas mecánicas o como materiales requeridos por la máquina: ‘en tanto que seres humanos’, seremos eliminados. Por lo que respecta al destino de aquellos que ofrezcan resistencia a su co-maquinización, después de Auschwitz no es difícil adivinarlo. Éstos no serán eliminados ‘en tanto que’ seres humanos, sino materialmente. El parecido de este amenazador imperio técnico-totalitario con el monstruo de ayer es evidente”.

Es necesario dejar el autoengaño, diría Anders, pues “hemos adquirido la dulce costumbre de considerar el imperio que hemos dejado atrás, el ‘tercer’ Reich, como un hecho único, errático, como algo atípico en nuestra época o en nuestro mundo occidental. Pero este hábito, evidentemente no sirve como argumento, esta actitud no es más que una forma de cerrar los ojos. Puesto que la técnica es hija nuestra, sería tan cobarde como estúpido hablar de la maldición que le es inherente como si esta se hubiera colado casualmente en casa por la puerta trasera. Esta maldición es ‘nuestra’ maldición”.

 

Alertó Anders en todas estas reflexiones que datan de 1962 que en el futuro el ‘tercer’ Reich sería visto meramente como un “pequeño experimento provinciano”:

“Puesto que el imperio de la máquina procede por la acumulación, y puesto que el mundo de mañana se globalizará y sus efectos abarcarán todo, propiamente hablando la maldición se halla todavía ‘ante’ nosotros. Es decir: hemos de esperar que el horror del imperio por venir eclipse ampliamente el del imperio de ayer. No cabe duda: cuando un día nuestros hijos o nuestros nietos, orgullosos de su perfecta co-maquinización, desde las alturas de su imperio quiliasta bajen la mirada hacia el imperio de ayer, el así llamado ‘tercer’ Reich, sin duda éste sólo se les antojará un experimento provinciano, que, pese a su enorme esfuerzo por ser ‘mañana el mundo entero’, y a su cínico exterminio de lo no utilizable, no logró mantenerse en pie. Y sin duda, en lo que allí sucedió no verán otra cosa que un ensayo general del totalitarismo, ataviado con una necia ideología, al que la historia universal se aventuró prematuramente.

 

Son pocos los países, escribió Primo Levi en 1986 poco antes de morir, “que pueden garantizar su inmunidad a una futura marea de violencia, engendrada por la intolerancia, por la libido del poder, por razones económicas, por el fanatismo religioso o político, por los conflictos raciales”. Ciertamente “hay muchas señales --acotó Levi-- que hacen pensar en una genealogía de la violencia actual que, precisamente se deriva de aquella que dominaba la Alemania de Hitler”. Levi hizo hincapié en rechazar la “teoría de la violencia preventiva”, como la llamó: “Tampoco puede aceptarse la teoría de la violencia preventiva: de la violencia sólo nace la violencia en un movimiento pendular que va ampliándose con el tiempo en lugar de disminuir”.

En la actualidad hay alarmantes indicios de que diferentes ejes están convergiendo con aceleración exponencial en una nueva síntesis de viejas y nuevas formas de violencia, de opresión y de exterminio, que se anuncia unívocamente con el desecho al basurero de la historia de los principios del derecho internacional derivados de la paz de Westfalia de 1648 y con la declaración por la cúpula gobernante del núcleo imperial actual, Estados Unidos de América, de un estado de excepción planetario que conlleva la supresión integral de los derechos inalienables del ser humano y su reducción a la nuda vida, como lo ha formulado el filósofo Girogio Agamben: una especie de mundialización de la Doctrina de Seguridad Nacional del núcleo imperial estadunidense y sus satélites, aplicada y adaptada al mundo actual, que fue experimentada como plan piloto en el Cono Sur latinoamericano en las décadas de 1960 y 1970. La nueva convergencia (¿nuevo imperio técnico-totalitario?) si no es detenida por las fuerzas sociales, promete trascender con mucho a síntesis que le antecedieron, como lo fueron el proyecto quiliasta del ‘tercer’ Reich austroalemán y el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki.

Esto ocurre no sólo porque el imperativo de la megamáquina nos empuja a que hagamos con la técnica todo lo podemos hacer, al tiempo que no podemos crearnos la representación de las consecuencias de todo lo que hacemos, la brecha señalada por Anders, sino porque simultáneamente para su consumación es fomentada masiva y sistemáticamente la cultura de la racionalidad de “la velocidad, flexibilidad y eficiencia”, encarnada en el nuevo hombre que necesita la máquina de Anders: el “hombre flexible” que, como ha analizado el filósofo berlinés Horst Kurnitzky, no es sino la ya conocida personalidad autoritario-servil. Los Eichmann y sus hijos: la banalidad del mal.

NOTA DE ASINCRO agradecemos al autor , Stephen Hasam , su generosidad para que la publicación de este artículo fuera posible en esta revista