AUSCHWITZ HOY: reflexiones en torno al caso Eichmann
Por Stephen A. Hasam
(Profesor, UAM Univ Autónoma Metropolitana– Xochimilco-México DF)
además sería de interés este artículo RECOMENDADO por ASINCRO
consulta su trabajo sobre GLOBALIZACIÓN Y GUERRA
El siguiente texto es una versión revisada de mi participación en el seminario “Auschwitz Hoy”, realizado en el auditorio del Fondo de Cultura Económica el 29 de noviembre de 2003, en torno a la proyección del documental “Un experto” de Rony Brauman y Eyal Sivan, inspirado en el libro de Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén: Un reporte sobre la banalidad del mal, basado en su asistencia al juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961.
I. El judeocidio como política fiscal
Adolf Eichmann fue el jefe de la subsección b-4 (judíos) de la sección responsable del combate a las “sectas” (católicos, protestantes, francmasones, Testigos de Jehová) dentro de la Policía Secreta del Estado [Geheime Staatspolizei: GeStaPo], a su vez adscrita a la Oficina Central de Seguridad del Reich, encabezada por el notorio autor del plan de exterminio de los judíos de Europa, la así llamada “Solución Final”, Reinhardt Heydrich, de origen judío, quien a su vez formaba parte de las SS, cuyo titular era Heinrich Himmler.
Dentro de la pirámide jerárquica de las SS y de la policía secreta del Estado Eichmann ocupaba un puesto no muy alto. Había llegado ahí gracias a los buenos oficios de su amigo de juventud, aunque de clase socioeconómica más privilegiada, Ernst Kaltenbrunner, subalterno de Heydrich, y su sucesor en el cargo cuando éste fue asesinado en un atentado en Praga en 1942. El crecimiento en la importancia de la sub sección de Eichmann, y de él mismo dentro del aparato de las SS, resultó del papel cada vez más central que fue ocupando su área de competencia, la así llamada “cuestión judía”, dentro del gobierno del ‘tercer’ Reich, que llegó a convertirse en central en la medida que transcurrió la guerra.
La “Solución Final a la cuestión judía” alude simultáneamente a dos cosas. Primeramente fue el eufemismo empleado en el ‘tercer’ Reich para la concentración, deportación, después expulsión-exterminio de quienes los médicos al servicio del Estado imperial alemán habían dictaminado “biogenéticamente” como judíos y cíngaros, porque fue la profesión médica la que determinó técnica y científicamente quién viviría y quien moriría, quién era “judío” o “cíngaro” o “eslavo” (y “ario”[¡persa!])y quién no. La determinación de “lo judío” fue una cuestión “científica”, para la cual las prácticas religiosas eran absoluta y totalmente irrelevantes, y fue por eso que resultaba irrelevante para el nazismo la conversión al catolicismo de “judíos genéticos” (caso Crimea: los “Karaimes” judeopracticantes no molestados y “Krimchakos” ajenos a la confesión judía, deportados por ser judíos “genéticos”).
El exterminio administrativo ocurrió en tres vertientes: por masacres administrativas mediante fusilamientos masivos, por el exterminio mediante el trabajo industrial (para los pocos) en los campos de concentración [Konzentrationslager], y el exterminio industrial por envenenamiento con gas (monóxido de carbono en un principio, y después con ácido cianhídrico) en los mataderos industriales, en los así llamados “lager de exterminio” [Vernichtungslager] que, por lo general, carecían de infraestructura compleja de alojamiento, gracias al procedimiento del “justo a tiempo”.
El grueso del exterminio fue realizado en las neocolonias orientales del austro-alemán ‘tercer’ Imperio, sobre todo aprovechando el lugar entonces de por sí más densamente poblado de “judíos genéticos”, la hoy Polonia y, más específicamente, en proximidad de poblaciones que servían de encrucijadas de vías férreas, de importantes reservas de recursos naturales, de centros industriales, clusters mineros e industriales en la jerga actual, donde las SS operarían sus industrias. (Una de las encrucijadas principales era la zona de Cracovia cercana al complejo industrial-concentracionario-exterminador Auschwitz-Birkenau de aproximadamente 40 km2)
Eran a esos sitios a los que la “organización Eichmann” y sus “Comandos de Operaciones Especiales” [Sondereinsatzkommandos] tenían la responsabilidad de suministrar, desde Austria y --posteriormente-- desde muchos otros países colaboracionistas, millones de seres humanos, según la técnica hoy conocida (y erróneamente atribuida al “toyotismo”, que es posterior a Eichmann) como “justo a tiempo” [just-in-time]. Estos millones de seres humanos fueron encorralados, concentrados, hacinados, rigurosamente contabilizados en sus personas, sus bienes muebles e inmuebles, en encierros urbanos creados ex profeso que, aunque llamados ghettos, no tenían casi nada que ver con los ghettos históricos creados por los cristianos contra los judíos, a partir de la bula pontificia de Pablo IV en 1555. Estos nuevos centros urbanos de concentración eran bodegas de existencia de inventarios de humanos vivientes en almacenamiento transitorio, concentrados en los países de origen, donde, además, sus habitantes tenían que laborar hasta su muerte ahí mismo, o ser despachados a los campos de concentración y a los de exterminio ubicados en las neocolonias de oriente, hacinados en vagones de ganado como suministros “justo a tiempo”. El número de personas despachadas estaba calculado para aprovechar al máximo la capacidad industrial de la máquina del exterminio. Por ejemplo, por cada mil que deberían llegar vivas a las cámaras de gas eran despachadas mil veinte, en virtud de que estaban calculadas veinte defunciones en ruta. Todo esto coordinado y dosificado conjuntamente por la “organización Eichmann” y su correa de transmisión con la población ghettoizada, que eran los “Consejos Judíos” por ella instituidos en cada país, cuyos miembros eran reclutados entre líderes de la propia comunidad. La policía de esos centros urbanos de concentración transitoria, conocida como “policía judía”, tenía la tarea de conservar el orden, evitar que cualquiera se escapara y velar por el orden de los embarques. Donde Eichmann no tuvo éxito en establecer un Consejo Judío funcional, con su correspondiente policía para garantizar el “orden”, donde la maquinaria no funcionaba, reinaba el “caos”, salvándose hasta un 50 por ciento de la población (Holanda), frente a un tres por ciento, promedio, donde hubo “orden”, que fue casi en todas partes. El exterminio administrativo en masacres de fusilamiento fue perpetrado por los llamados Grupos de Tareas bajo el mando supremo de Heinrich Himmler y fuerzas locales colaboracionistas, como las ucranianas. El exterminio industrial en cámaras de gas rodantes era realizado por las SS en colaboración con los presos de los campos de concentración y exterminio, donde éstos mismos eran exterminados. En las fábricas de exterminio, casi todo el “proceso industrial” era realizado por los mismos presos. Así, en la medida que avanzó la “Solución Final”, fue siendo perfeccionado el proceso de exterminio a tal grado que, desde el “trabajo” de los Consejos Judíos” y la policía judía en los llamados ghettos, hasta el exterminio industrial era realizado por las víctimas mismas, y financiado por ellas.
Comúnmente es mencionada la conferencia convocada para el 20 de enero de 1942 por Reinhardt Heydrich en la sede de la INTERPOL en la calle Grosser Wahnsee 56/58 de Berlín, la así llamada Conferencia de Wahnsee, como el momento en que fue dada la tal orden para la así llamada “Solución Final” [die Endlösung]. En realidad, en esa conferencia, a la que asistió Eichmann con su jefe convocante para llevar el apunte, fueron consensuadas prácticas que hasta esa fecha ya estaban en marcha desde hacía tiempo, pero de manera desordenada. Nunca había estado en cuestión el exterminio de los judíos en los territorios orientales conquistados, ni tampoco que, después de los judíos y cíngaros, vendrían los eslavos, comenzando por los polacos. Los Grupos de Tarea [Einsatzgruppen] para exterminar a la población judía junto con los comisarios políticos soviéticos ya operaban y realizaban masacres masivas tras el frente de avance de la Wehrmacht.
La decisión para la “Solución Final” (exterminio) de los judíos de toda Europa había sido enunciada por Hitler en realidad cinco semanas antes, en una reunión el 12 de diciembre de 1941 (Christian Gerlach). Para esas fechas, aparte de la emigración forzada, el asesinato social de los “judíos biológicos” dentro del Reich austro-alemán, la población judía exterminada ya había rebasado más de un millón de ejecuciones y cuatro días antes las SS habían iniciado en Chelmno las matanza masiva con cámaras de gas rodantes con motores a Diesel (monóxido de carbono).
A
principios
de
diciembre
de 1941 el
gobierno
hitleriano
vivía la
peor
crisis
desde sus
inicios:
las
ciudades
industriales
estratégicas
de Colonia
y Aachen
habían
sido
devastadas
por
bombardeos
aéreos
británicos
(7 y 8 de
diciembre
respectivamente);
en menos
de seis
meses,
desde el
22 de
junio, la
Luftwaffe
había
perdido
2093
aviones en
el frente
oriental,
los
motores de
los
tanques
estaban
fundidos,
los trenes
hacia el
este
atascados
en la
nieve y
hielo
(rutas
ferroviarias
apuradamente
colocadas
con el
avance al
Este), 160
mil
soldados
habían
caído ya
ante las
defensas
contraofensivas
soviéticas
(que la
URSS
pagaría
con 20
millones
de vidas),
miles se
congelaban
en los
hospitales
de
campiña y
trincheras,
el
ejército
oriental
estaba en
el
límite,
en el
Reich
circulaban
rumores
acerca de
reducciones
recientes
en las
raciones
de carne y
grasa, y
cinco
días
antes
Japón, en
vez de
atacar a
la URSS,
como
había
acordado
previamente
con
Hitler,
para
abrirle un
frente
oriental,
un segundo
frente a
Stalin,
había
atacado en
vez a
Estados
Unidos en
Pearl
Harbor,
por lo que
el 11 de
diciembre,
un día
antes de
la
reunión,
el ‘tercer’
Reich tuvo
que
reaccionar
con una
declaración
de guerra
contra
Estados
Unidos.
Para
Hitler
había
comenzado
la guerra
mundial en
el peor
momento.
En
los
diarios de
Joseph
Goebbels
se lee al
respecto
de esa
junta:
[C]on relación a los judíos, el Führer está decidido a limpiar la mesa. Está aquí la guerra mundial, el exterminio de la judeidad tiene que ser la consecuencia necesaria. Esta cuestión tiene que ser contemplada sin el más mínimo sentimentalismo. No estamos aquí para tener compasión con los judíos, sino solamente compasión con nuestro pueblo alemán. Si el pueblo alemán ahora ha sacrificado otra vez en la campaña hacia el Este a alrededor de 160 mil muertos, entonces los perpetradores de este conflicto sangriento tendrán que pagar con su vida.
Dos días
después,
el 14 de
diciembre,
Himmler se
reunió
con Victor
Brack,
responsable
junto con
Philipp
Bouhler
del
programa
de “eutanasia”
a enfermos
mentales
mediante
el empleo
de
inyecciones
y cámaras
de gas
(monóxido
de
carbono),
el llamado
programa
T4 [por su
sede en la
calle
Tiergartenstrasse
4,
Berlin],
concebido
e
implementado
por
médicos y
psiquiatras,
programa
que tuvo
que ser
suspendido
debido a
grandes
protestas.
Ahora este
cuerpo de
expertos,
que
primero
exterminaría
a más de
200 mil
alemanes,
(este
exterminio
comenzó
el mismo
día en
que Hitler
invadió
Polonia,
el 1° de
septiembre
de 1939),
fue
enviado a
las
neocolonias
del Este
para
cumplir
con una
tarea de
“eutanasia”
aun mayor
en los
campos de
exterminio
ampliados
y a ser
construidos:
exterminar
a los
judíos de
Europa. A
las
cámaras
de gas a
base del
monóxido
de carbono
generado
por
motores
Diesel
fueron
sumadas en
Auschwitz-Birkenau,
primero de
manera
experimental,
cámaras
de gas que
empleaban
el gas ya
existente
en los
campos de
concentración
como medio
de
desinfección,
el ácido
cianhídrico.
Este gas, empleado masivamente en el combate a plagas en el agro, cuyas cualidades letales habían sido descubiertas después de la Primera Guerra Mundial por un “experto”, el químico Fritz Haber, director del departamento de guerra química del Káiser durante la Primera Guerra Mundial, Premio Nobel en química al final de la misma, el mismo 1918. Chauvinista alemán en extremo, personalidad autoriario-servil prototípica, inventor del amoniaco sintético, puso al servicio de su patria y Káiser su cuerpo y alma nacionalistas durante la Primera Guerra Mundial. Inventó el gas de cloro, que él mismo aplicó en el frente de guerra, junto con algunos de sus brillantes jóvenes discípulos, otros aspirantes a expertos, futuros Premios Nobel en física como Otto Hahn, James Franck y Gustav Hertz. Max Born rehusó participar. Haber argumentaba que era más humana la guerra química que la de las bombas y balas. Posteriormente vendería sus conocimientos en guerra química también a Alfonso XIII y Primo de Rivera en su guerra contra Abd al-Krim en Marruecos. En 1934 Haber se refugió en Suiza, al serle aplicada en Alemania la interdicción laboral contra empleados públicos, por ser judío. Familiares suyos fueron exterminados en el marco de la “Solución Final”.
La segunda acepción del eufemismo “Solución Final” (acepción menos conocida) tiene que ver con los fundamentos mismos del proyecto socio-económico-racial nacional popular del nazismo, y su proyecto imperialista. La “Solución Final” fue uno de los proyectos de redistribución de la riqueza más radicales ocurridos en el siglo XX.
El nazismo había reemplazado el concepto clase por el de raza, como lo ha planteado el historiador Götz Aly. A las mussolinianas democrazia totalitaria y ordine nuovo corresponderían en el nazismo el comunitarismo o comunidad del pueblo alemán, delimitado “científico-racialmente” [Volksgemeinschaft] y la Revolución Nacionalsocialista, tan vitoreada ya en 1934 por el célebre filósofo y rector nazi de la Universidad de Friburgo, Martin Heidegger. Por la raza hablaría el espíritu, y su voz era el caudillo, líder, Führer (führen=liderear). Los enemigos del pueblo y del socialismo nacionalista eran, según el discurso oficial, la “especulación financiera judía” y el “bolchevismo judío”, por muy incompatibles que sean estas dos aseveraciones entre sí (Don Dinero judío y el enemigo judío del capitalismo). Himmler habló incluso del “socialismo de la buena sangre” y vale recalcar que el nombre oficial del partido nazi fue Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista, y su bandera, la de las huelgas. Las bases sociales del nacionalsocialismo esperaban de su revolución socialista nacionalista un ascenso social masivo.
Para resolver la cuestión social interna, uno de los instrumentos centrales empleados fue la política expropiatoria (nacionalizadora) y fiscal en un principio, y vinculada con la expansión imperial después. Mientras que durante la Primera Guerra Mundial sólo el 13 por ciento de los gastos del Estado fueron financiados por ingresos regulares recaudados por el fisco, durante la Segunda Guerra Mundial hasta 1944, la cifra fue de 50 por ciento. A los fuertes impuestos sobre la renta aplicados a los empresarios y perceptores de altos ingresos, fue agregado un impuesto de guerra extraordinario del 50 por ciento. Excluidos estaban, sin embargo, quienes tuvieran ingresos menores a 3000 marcos --un techo muy generoso-- lo que, según las cifras del año 1937, significaba que la totalidad de los obreros (15,5 millones) y el 53 por ciento de los empleados públicos quedaran exentos. Los agricultores vivieron en un “oasis-fiscal”, pues el rendimiento impositivo en el campo no incrementó ni un centavo durante toda la guerra.
En los primeros treinta meses de la guerra fueron recaudados doce mil millones (millardos) de marcos adicionales, sólo 2,5 millardos en impuestos dirigidos al grueso de la población, es decir, impuestos indirectos, IVA al tabaco y alcohol, y el resto, 9,5 millardos provinieron de los empresarios y preceptores de ingresos altos. Un año después, en plena guerra, lo recaudado por el Estado proveniente de ingresos empresariales fue de alrededor de 15 a 17 millardos de marcos adicionales, frente a apenas un millardo adicional de otros ingresos privados. La tasa de impuestos a sociedades fue colocada en 50 por ciento y la de las ganancias en dividendos y beneficios bursátiles fue elevada al 65 por ciento. Los casatenientes, sujetos desde 1942 a un congelamiento en los alquileres tuvieron que desembolsar 7,75 millardos de marcos en impuestos especiales adicionales. El 13 por ciento de los causantes pagaba el 80 por ciento de los ingresos totales recaudados por vía de impuestos que ingresaban a las arcas del Estado. Pese a los reclamos de los expertos gubernamentales en contra de esa política fiscal muy desfavorable para el decil más alto de la población en materia de ingresos, los funcionarios del Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista y Hitler se opusieron hasta el final de la guerra a cualquier modificación.
Sin embargo, con la implementación de ese “comunismo de guerra”, como lo ha calificado Götz Aly, y pese a los enormes impuestos aplicados a ese decil (13 por ciento) más rico de la población, que ponía el 80 por ciento de lo recaudado, los recursos así generados dentro del Reich no cubrían ese 50 por ciento del gasto de guerra (“inversión”), que el Estado, presuntamente, financiaba con ingresos directos a sus arcas. ¿Cómo explicar el faltante, que era más de la mitad?
Para pagar las deudas de la guerra estaba ya previsto cubrirlas mediante la expansión y conquista imperiales: con recursos extraídos a las economías extranjeras y la ocupación de tierras extranjeras, particularmente Polonia y la Unión Soviética, que pasarían a ser propiedad del Reich; tierras y recursos que, primero nacionalizados por el Estado mediante la conquista, podrían entonces generarle ingresos al Estado al ser privatizados en beneficio del capital. En este contexto los gastos militares no eran vistos como gastos, mucho menos como gastos improductivos, sino como inversión, pues frente a estos gastos-inversión habría que contraponer los enormes beneficios que la guerra generaría en calidad de botín; riquezas “ganadas por la espada [austro]alemana”. Por eso mismo, parte de la propiedad del Reich así obtenida debería ser puesta a disfrute y disposición de los ahorradores austroalemanes, como participaciones en complejos industriales y minas en el Este conquistado y ocupado.
El recurso a las arcas de países extranjeros, que aparecía en la cuenta nacional bajo el rubro de “otros ingresos” resultó ser “el auténtico factor dinámico” del financiamiento alemán de la guerra. En este rubro fueron ingresados y ocultados los tributos pagados por “costos de ocupación”, que el imperio invasor imponía a cada país que ocupaba. La regla era que el país ocupado tenía que erogar a favor de su ocupante el equivalente al 50 por ciento del último presupuesto nacional total del año previo a la ocupación, en paga por los “costos de ocupación”. Según el entonces Banco Internacional para el Equilibrio Internacional de Balanza de Pagos en Basilea, Suiza, los ingresos a través del saqueo imperial llegaron a 28,1 millardos de marcos en 1943 y a 39, 6 millardos en 1944. Esto quiere decir que el tributo pagado por los países ocupados bajo el eufemismo “costos de ocupación” conformó más de la mitad de todos los ingresos vía impuestos que entraron a las arcas del Reich.
Cualquier país del mundo tendría que colapsarse económicamente si de un año para el otro, más aún si acaba de ser invadido, tuviera que incrementar su presupuesto anual en un 50 por ciento, para pagar los “costos de ocupación” de su invasor. La inflación que esto desataría sería incontrolable y desestabilizaría al país social y económicamente. Previendo esto, y buscando lograr una explotación sistemática e integral del país ocupado, en colaboración con una administración nativa cooperativa, el ocupante tenía interés y reconoció la importancia de una estabilización macroeconómica. Así, “de manera altamente secreta y, en posible, sin dejar rastro”, el ocupante le insistía a la administración colaboracionista del país ocupado la nacionalización y subsiguiente reprivatización de los bienes expropiados a los judíos ghettoizados y/o en ruta al exterminio en beneficio de los países ocupados de Europa. Este programa de saqueo imperial a favor del “socialismo de la sangre” o “de la raza” en la metrópoli, a través de programas de estabilización macroeconómica en los países satélites, es decir, política de estabilización macroeconómica como instrumento central de saqueo integral de una economía nacional, en un clima de estabilidad y propicio para atraer inversionistas, con la concomitante expropiación, nacionalización/estatización, reprivatización, pago de “costos de ocupación”, fue bautizado, apelando al nacionalismo, según el país, como polonización, rumanización, chequización, magyarización, helenización, etc. En el caso de Grecia, único país donde la ocupación alcanzó a desatar una macroinflación, el plan de saqueo integral de la economía nacional incluyó un paquete de rescate macroeconómico diseñado por los economistas del Reich, que incluyó el envío de oro desde el Reich a las reservas griegas, para estabilizar la moneda local. Según relata el historiador Götz Aly, Eberhard von Thadden, el enviado a Grecia para preparar la deportación [y exterminio] de los judíos, calificó su viaje en un memorándum como “encargo especial del Führer relativo a la estabilización de las condiciones económicas en Grecia”. En Alemania y Austria a la nacionalización se le llamó “arización”, mientras que a la expropiación se le llamó “desjudificación”.
“Los funcionarios de los gobiernos nacionales de los países satélites y millones de consumidores europeos --acota Götz Aly-- se transformaron en co-ladrones y encubridores de hurto. Con todo, los beneficios de lo vendido afluyeron hacia los ministerios de finanzas nacionales en los respectivos países ocupados y, de ahí --bien concientemente y organizado de manera muy encubierta-- a los respectivos intendentes de las fuerzas de ocupación, de la Wehrmacht. Estos administraban las cuentas bancarias, en los que eran depositados los “costos de ocupación”. Estaban al final de un sistema perfecto de lavado de dinero”.
“Cuando uno tiene claro que los soldados alemanes recibían la parte principal de su paga en la moneda del país en el que estaban estacionados, para minimizar la presión inflacionaria sobre el marco, cuando uno tiene claro, además, que las permanencias en los hospitales militares de soldados heridos alemanes en Hungría, Polonia, o en Bohemia eran pagadas en la respectiva moneda local, así como también los suministros de millones y millones de toneladas de víveres, de servicios prestados, de productos industriales y materias primas suministrados al Reich y a la Wehrmacht, se vuelve claro dónde finalmente fueron a parar los bienes de los judíos asesinados de Europa”, señala Götz Aly y agrega que no fueron a parar solamente al gran capital, que se benefició, por supuesto, con los contratos de guerra y el botín creciente proveniente de las neocolonias, sino que los beneficios también “fueron valorizados en beneficio de millones de alemanes. A éstos el régimen no les podía imponer demasiadas cargas de guerra y les pagaba su salario indirectamente de la venta de los bienes de millones de judíos europeos expropiados, en su mayoría asesinados. Estos soldados se aprovisionaban de dinero en los mercados negros de Europa, se compraban cigarros y enviaban millones de paquetes vía el correo militar a casa. El tráfico de paquetes en esa dirección jamás fue restringido, por deseo explícito de Hitler”.
“La alemania hitleriana se convirtió durante la guerra en el Estado redistributivo par excellence, asevera Götz Aly y señala que “sólo así puede explicarse la gran estabilidad interna, una estabilidad empero que --como en todo Estado redistribuidor-- tiene que ser comprada permanentemente de nuevo. Así se desarrolló una unidad de carácter nacional de las políticas racial, social y económica”.
El hecho de que la “nación judía”, por así llamarle, una de las muchas naciones históricas europeas, hubiera financiado de manera tan significativa la primera fase de la “revolución socialista (etno)nacionalista” y la guerra imperialista del austroalemán “Reich quiliasta”, de mil años, se debe a que, como toda nación, consta de clases sociales, sectores minoritarios muy, muy ricos, sectores medios y una gran base muy trabajadora y explotada con recursos e ingresos muy limitados, como la diáspora mexicana (o salvadoreña), pero que en su conjunto, por su volumen, se ha vuelto la principal fuente de divisas del Estado mexicano (y salvadoreño). Así, el “socialismo nacionalista”, “de la raza”, “de la sangre”, de una población nacional fue financiado por la expropiación/nacionalización (“desjudificación”/”helenización”, etc.) de otra nación europea (en todas sus clases sociales) completa, mediante su exterminio físico a escala industrial. La bomba de neutrones todavía no había sido inventada, menos aún su equivalente biológico, que permitiría exterminar a todos los portadores de un atributo biológico específico, sin rasguñar a los demás, como lo fue el catarro común para los indoamericanos y polinesios en el siglo XV.
Es
en este
contexto
que tiene
que ser
entendida
la
función
tan
importante
que
desempeñó
en las SS
la
Sección
IV-b4, “secta
judía”,
de la
GeStaPo,
encabezada
por el
experto en
cuestiones
judías,
Adolf
Eichmann,
en el
judeocidio,
es decir,
en el
proyecto
“socialista
(etno)nacionalista”
redistributivo
y en el
financiamiento
de la
guerra
imperialista
del ‘tercer’
Reich
austroalemán.
El
siguiente
paso iba a
ser el
exterminio
de los
polacos
inservibles
como
esclavos,
y la
expulsión-muerte
de 40 a 50
millones
de eslavos
hacia
Siberia,
para que
el Reich
quiliasta
se hiciera
de un
espacio
vital [Lebensraum]
“libre
de eslavos”
del
tamaño de
Polonia,
los
países
bálticos
y todo el
occidente
de Rusia.
Eichmann
sobreviviría
la guerra,
se
escondería
y, con la
ayuda de
redes
clandestinas,
y del
obispo
Alois
Hudal y
Edoardo
Dömöter,
padre de
la iglesia
de San
Antonio en
Génova
(El
nazismo
exterminó
a más de
cuatro mil
cuadros
del
imperio
sacro
Vaticano
entre
sacerdotes,
monjes y
monjas),
bajo el
nombre
Riccardo
Klement,
formaría
parte de
la
emigración
silenciosa
nazi a
Sudamérica,
incluyendo
a la
Argentina
del
general
Juan
Domingo
Perón,
donde
residiría
hasta su
rapto el
11 de mayo
de 1960 en
Buenos
Aires y su
traslado a
Jerusalén
para ser
sometido a
juicio.
II. La banalidad del mal
Adolf
Eichmann
fue
ejecutado
en la
horca poco
antes de
la media
noche el
31 de mayo
de 1962.
Su cuerpo
fue
incinerado
y sus
cenizas
esparcidas
en el Mar
Mediterráneo
frente a
la costa
de Israel.
Pocas
horas
antes ese
mismo día
había
sido
rechazada
su
solicitud
de
clemencia
--cuatro
folios
manuscritos--
presentada
dos días
antes al
presidente
de Israel,
Itzhak
Ben-Zvi.
Había
sido
sentenciado
a muerte
el 15 de
diciembre
de 1961,
condena
que fue
confirmada
por la
Corte de
Apelación
el 29 de
mayo de
1962.
Quien había sido responsable del suministro just-in-time de millones de seres humanos a las industrias del exterminio, de la provisión de decenas de miles de esclavos a ser exterminados a través del trabajo [Vernichtung durch Arbeit], opositor en el otoño de 1944 a la orden de Himmler de cesar el judeocidio y parar la industria exterminadora ante la inminente rendición, de concebir el plan “sangre por mercancías” (un millón de judíos a cambio de diez mil camiones) y responsable vía sus subalternos del campo de concentración de Theresienstadt fue a la horca “con gran dignidad”, según narró Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén:
Caminó las cincuenta yardas de su celda a la cámara de ejecución calmado y erecto, con sus manos atadas detrás. Cuando los guardias ataron sus tobillos y rodillas, les solicitó aflojar los lazos para que pudiera pararse derecho. ‘No necesito eso’, dijo cuando le fue ofrecida la capucha negra. Estaba completamente al mando de sí mismo; no, aún más: era completamente él mismo. Nada podría haber demostrado esto más convincentemente que la grotesca ridiculez de sus últimas palabras. Comenzó aseverando enfáticamente que era un creyente en Dios [Gottgläubiger], para expresar en común usanza nazi que no era cristiano y no creía en la vida después de la muerte. Entonces prosiguió: ‘Despues de poco tiempo, caballeros, nos volveremos a encontrar. Tal es el destino de todos los hombres. Viva Alemania, viva Argentina, viva Austria, no las olvidaré.’
Arendt añadió en seguida que Eichmann, “de cara a la muerte, había encontrado el cliché utilizado en oratoria funebre”, que bajo la horca, su memoria le había jugado “el último truco”, pues “estaba en un estado de elación y olvidó que éste era su propio funeral”, y que “era como si en esos últimos minutos él estaba resumiendo la lección que este curso largo sobre la maldad humana nos había enseñado –la lección de la temerosa banalidad del mal, desafiante a la palabra y al pensamiento”.
La noción de banalidad del mal, expresión que acuñó Arendt a resultas de escuchar y observar a Eichmann durante el juicio al que ella asistió de principio a fin, desató una feroz controversia e indignación internacionales al aparecer como Leitmotiv de su reporte del juicio, e incluso como parte del título mismo del libro: Eichmann en Jerusalén: un reporte sobre la banalidad del mal. El nazismo unos lustros antes había denegado a decenas de millones de seres humanos pertenencia a la especie humana declarándoles peste animal y, en el mejor de los casos, infrahumanos que deberían ser esclavizados y/o exterminados. Ahora El fiscal Gideon Hausner en su discurso inicial había señalado que Eichmann, por los crímenes en los que había co-participado, era un monstruo al que le denegó por ello pertenencia a la especie humana. ¿Qué relación pudiera entonces existir entre banalidad del mal y los perpetradores de una monstruosidad que desafió y --parafraseando a Arendt-- sigue desafiando a la palabra y el pensamiento?
Ella aseveró que “el problema con Eichmann era precisamente que había muchos como él, y que los muchos no eran ni perversos ni sádicos, que eran, y todavía son, terriblemente y aterradoramente normales” y que “esta normalidad era mucho más aterradora que todas las atrocidades sumadas juntas, pues implicaba […] que este nuevo tipo de criminal, quien es de hecho hostis generis humani, comete sus crímenes bajo circunstancias que le hacen casi imposible saber o sentir que está obrando mal”. Así, la banalidad del mal, según Arendt, se encuentra en la normalidad de esos muchos, inconscientes e insensibles a que están obrando mal, e imposibilitados incluso de percatarse de ello, al carecer de falta de imaginación, en el sentido de Arendt. Esto y su vigencia actual serían lo más terrorífico de todo. En este sentido, la evidencia que salió a la luz en torno al caso Eichmann, aseveró ella, “era incluso más convincente”.
Arendt,
para
someter su
propio
planteamiento
a una
refutadora
crítica
radical,
procedió
en su
análisis
a la
inversa:
intentó
encontrar,
sin
éxito,
cualquier
indicio en
lo
manifestado
por
Eichmann
durante el
juicio,
que
externara
alguna
auto
percepción
del mal
con
relación
a la
monstruosidad
en la que
co-participó
de manera
central.
El único
indicio
que
encontró
fue de
carácter
somático:
un
comentario
de
Eichmann
de los
efectos
sobre su
estómago
de haber
sido
testigo
directo de
atrocidades
en proceso
durante
una de sus
visitas a
fábricas
de
exterminio
humano, y
cuyo
único
resultado
práctico
fue que
siguiera
ejerciendo
su oficio
con
eficiencia
y
ambición
de ascenso
escalafonario,
pero
evitando
situaciones
que
pudieran
interferir
con su
tranquilidad
estomacal
y el
máximo
rendimiento
en su
trabajo.
El
judeocidio,
cingarocidio
y
eslavocidio
mediante
masacres
administrativas
e
industrias
del
exterminio
con su
concomitante
saqueo de
bienes
muebles e
inmuebles
(territorios
enteros),
que
debían
ser
rigurosamente
administrados,
era
trabajo,
mucho
trabajo.
El “trabajo
hace libre”
rezaba a
la entrada
del
lager-cabecera
de
Auschwitz.
Arendt descartó que Eichmann fuera un extraordinario actor y/o cuadro nazi brillante que, consciente del mal del que había sido co-perpetrador, simulara un papel de obediente burócrata durante el juicio: Eichmann, quien no podía hablar sino en clichés, que no podía reflexionar, resultó ser más terrorífico que un monstruo humano, que sería una excepción, por ende, tranquilizadora. Resultó ser la regla, la terrorífica normalidad compartida con tantos otros, un prototipo de la personalidad autoritaria-servil, la banalidad del mal.
De manera más explícita, y en respuesta a las críticas lanzadas contra su formulación, Arendt escribió que cuando se refería a la banalidad del mal, lo hacía “sólo a nivel de los hechos, apuntando a un fenómeno que le saltaba a uno directamente a la vista durante el juicio”. Ajeno a personajes shakespeareanos como Macbeth y Iago, Eichmann, “excepto por una diligencia extraordinaria en velar por su avance personal, no tenía para nada motivos. Y esta diligencia en sí misma no era en nada criminal; sin duda jamás hubiera asesinado a su superior para heredar su puesto. Él meramente, para poner el asunto en términos coloquiales, jamás se dio cuenta de lo que hacía”. Y acotó que era “precisamente esta falta de imaginación” la que le había permitido desahogarse durante ocho meses ante un judío alemán durante la interrogación policiaca en Jerusalén, que duró varios meses previos al juicio, donde su principal y recurrente lamento era que no había pasado de teniente coronel de las SS y que no era su culpa el que no hubiera sido ascendido. Arendt subrayó que Eichmann sabía perfectamente bien de lo que había sido co-partícipe quince años atrás, y en su declaración final ante el tribunal habló de una “revaloración de los valores prescritos por el gobierno [nazi]”. “No era estúpido”, observó Arendt, “era mera irreflexión [thoughtlessness] --algo para nada idéntico a estupidez-- lo que le predisponía a convertirse en uno de los más grandes criminales de aquel período”.
Cuanto más tiempo uno escuchara a Eichmann durante el juicio, observó Arendt, “tanto más obvio se hizo que su inhabilidad para hablar estaba estrechamente vinculada a su inhabilidad para ‘pensar’, es decir, a pensar desde el punto de vista del otro. Ninguna comunicación era posible con él, no porque mentía, sino porque estaba rodeado de dispositivos más confiables que le salvaguardaban frente a las palabras y a la presencia de otros, y por ende, frente a la realidad como tal”.
La lección que podía uno extraer del juicio en Jerusalén, según Arendt, que no era ni explicación, ni mucho menos teoría, era que “una lejanía tal de la realidad y tal irreflexión”, como la mostrada por Eichmann bajo la horca, “cuando no fue capaz de pensar en nada salvo en lo que había escuchado en funerales toda su vida, y que esas ‘palabras rimbombantes’ [su cliché de despedida] obnubilaran la realidad de su propia muerte [...] puede infligir más devastación que todos los instintos malvados tomados juntos que, quizás sean inherentes al ser humano”.
Serían pues la irreflexión, la falta de imaginación y la lejanía de la realidad, siempre en el sentido de Arendt, lo que da pie a la banalidad del mal, es decir, a las muchas terribles y aterradoras personas normales como Eichmann. Pero, ¿bajo qué condiciones proliferan masivamente la irreflexión, la falta de imaginación y la lejanía de la realidad?
III. Auschwitz Hoy
Otro
filósofo
y
ensayista,
Günther
Anders,
primer
esposo de
Arendt,
empleó
una
noción
que
pudiera
ser vista
en cierta
medida
como
sinónimo
de la
banalidad
del mal: lo
monstruoso.
Para
Anders “las
repeticiones
de lo
monstruoso
no son
sólo
posibles
[...] sino
probables”
y, por lo
tanto, era
necesario
ir a las
raíces.
En esa
búsqueda
radical
Anders se
ocuparía
también
del
estreno
atómico
mundial,
el
lanzamiento
de la
bomba
sobre
Hiroshima
(y
después
Nagasaki)
por Claude
Eatherly.
Identificó
dos
raíces de
lo
monstruoso
que,
además,
calificó
como más
profundas
que las
políticas:
lo que
llamó la
desproporción
y la
naturaleza
maquinal
del mundo
de hoy.
Con
desproporción
se
refería
Anders a
la brecha
que se ha
abierto
entre lo
que los
seres
humanos
pueden
hacer y
“lo que
puede ser
psicológicamente
verificable”,
algo
similar a
la falta
de
imaginación
de Arendt.
El triunfo
de la
técnica
ha hecho
“que
nuestro
mundo ya
sea ‘demasiado’
para
nosotros”.
Explicó
que “lo
que en
adelante
podemos
‘hacer’
(y lo que,
por lo
tanto,
hacemos
realmente)
es más
grande que
aquello de
lo que
podemos
‘crearnos
una
representación’;
que entre
nuestra
capacidad
de ‘fabricación’
y nuestra
facultad
de ‘representación’
se ha
abierto un
abismo”
cada día
mayor.
Agregó
que
mientras
la
capacidad
de
fabricación
de los
seres
humanos,
nosotros,
es
incontenible
e ‘ilimitada’,
“nuestra
facultad
de
representación
es, por
naturaleza
‘limitada’”.
Es decir
que “los
objetos
que hoy
estamos
acostumbrados
a producir
con la
ayuda de
nuestra
técnica
imposible
de
contener;
así como
los
efectos
que somos
capaces de
provocar,
son tan
enormes y
tan
potentes
que ya no
podemos
concebirlos,
y menos
aún
identificarlos
como
nuestros”.
Anders
alertó
que lo
mismo
ocurre con
relación
al proceso
de
trabajo,
donde
ocurre lo
que llama
una
ilimitada
mediación:
Tan
pronto
como se
nos da un
empleo
para que
ejecutemos
una de las
innumerables
actividades
aisladas
de las que
se compone
el proceso
de
producción
perdemos
no sólo
el
interés
por el
mecanismo
en tanto
totalidad
y por sus
efectos
últimos,
sino que
se nos
arrebata
la
capacidad
de
crearnos
una
representación
de todo
ello. Una
vez
sobrepasado
cierto
grado de
mediación
--y esto
es la
norma en
la forma
actual de
trabajo
industrial,
comercial
y
administrativo--
renunciamos,
o mejor
dicho, ya
no sabemos
siquiera
que
renunciamos
a lo que
sería
nuestra
tarea:
contar con
una
representación
de lo que
hacemos.
Según
Anders, ya
no podemos
imaginarnos
el cuadro
completo.
Y lo mismo
ocurre con
nuestra
percepción:
[E]n el momento en que los efectos de nuestro trabajo o de nuestra acción sobrepasan cierta magnitud o cierto grado de mediación, comienzan a tornarse obscuros para nosotros. Cuanto más complejo se hace el aparato en el que estamos inmersos, cuanto mayores son sus efectos, tanto menos tenemos una visión de los mismos y tanto más se complica nuestra posibilidad de comprender los procesos de los que formamos parte o de entender realmente lo que está en juego en ellos. […] Nuestro mundo, al sustraerse tanto a nuestra representación como a nuestra percepción, se torna cada día más ‘oscuro’ Tan oscuro que podríamos calificar nuestra época de dark age.[La Era de las Tinieblas]
Quien cree
que la
ilustración
de los
seres
humanos
iría de
la mano
del
desarrollo
tecnológico
no sólo
se
equivoca
sino que
cae
víctima
“de los
actuales
grupos de
poder: de
esos
hombres
oscuros de
la época
técnica
cuyo
máximo
interés
es
mantenernos
en la
oscuridad
en con la
realidad
del
oscurecimiento
de nuestro
mundo o,
mejor
dicho,
producir
incesantemente
esa
oscuridad.
Pues esta
es la
ingeniosa
mistificación
de la que
hoy son
víctimas
quienes
carecen de
poder”.
Y acotó
Anders que
“si ayer
la
táctica
consistía
en ‘excluir’
de toda
ilustración
posible a
quienes
carecían
de poder,
hoy
consiste
en ‘hacer
creer’
que tienen
luces
quienes no
ven que no
ven”. La
técnica y
la
ilustración
hoy día
avanzan en
direcciones
inversas,
son “inversamente
proporcionales”:
“cuanto
más
trepidante
es el
ritmo del
progreso,
cuanto
mayores
son los
efectos de
nuestra
producción
y más
compleja
la
estructura
de
nuestros
aparatos,
tanto más
rápidamente
pierden
nuestra
representación
y nuestra
percepción
la fuerza
de avanzar
al mismo
ritmo,
cuanto
más
rápidamente
se
eclipsan
nuestras
‘luces’,
más
ciegos nos
volvemos.
Advirtió que “si aquello a lo que propiamente habría que reaccionar se torna desmesurado, también nuestra capacidad de sentir desfallece. Ya afecte esta ‘desmesura’ a proyectos, logros productivos o acciones realizadas, el ‘demasiado grande’ nos deja fríos, o mejor dicho, ni siquiera fríos (pues la frialdad sería también una forma de sentir), sino completamente indiferentes: nos convertimos en ‘analfabetos emocionales’ que, enfrentados a ‘textos demasiado grandes’, son ya incapaces de reconocer que lo que tienen ante sí son textos”. Es debido a esto que el exterminio de seis millones de seres humanos nos resulta “un simple número”, mientras que la evocación de una matanza de pocas personas o la aniquilación de una sola persona todavía nos puede horrorizar. Así, como ha observado Primo Levi, “una sola Anna Frank despierta más emoción que los millares [escondidos en Holanda] que como ella sufrieron”. Así también, en el mismo en Auschwitz-Birkenau, relata Primo Levi, el descubrimiento por los miembros de un Sonderkommando [“escuadra especial” de presos] dentro de la cámara de gas de una joven de 16 años aún viva debajo de un cerro de cadáveres humanos exterminados motivó a aquellos a llamar a un médico para reanimarla mediante una inyección. Una vez reanimada, un militante de las SS de nombre Muhsfeld fue llamado para decidir qué hacer con ella. Decidió que, como ella era testigo vivo de algo que nadie había sobrevivido y que nadie debiera saber, debería morir (como sucedía cada tanto tiempo con los mismos miembros de las escuadras). Un subalterno fue ordenado a matarla de un golpe en la nuca.
La insuficiencia de nuestro sentir y el desfallecimiento de nuestra facultad de representación y de nuestra percepción, “[hacen] posible la repetición de lo peor; facilita su incremento; convierte incluso en inevitable su repetición y su incremento. Pues entre los sentimientos que desfallecen no sólo está el del horror; el del respeto o el de la compasión, sino también el ‘sentimiento de responsabilidad’ [...] este sentimiento se torna tanto más impotente cuanto mayor se vuelve el efecto que nos proponemos lograr o que ya hemos logrado; que se hace igual a cero --y esto significa: que nuestro mecanismo de inhibición queda totalmente paralizado-- tan pronto como se sobrepasa cierto umbral. Y dado que esta regla infernal es efectiva, hoy lo ‘monstruoso’ tiene vía libre.”
Ante la
desproporción,
según
Anders,
“existe
todavía
la
posibilidad
de parar
el
monstruo”,
en virtud
de que “la
experiencia
misma de
nuestra
impotencia
representa
[...] una
experiencia
moral
positiva”,
que puede
“activar
un
mecanismo
de
inhibición”.
Y explica
que, “en
el shock
de nuestra
impotencia
habita,
por así
decirlo,
un poder
de
advertencia”,
lo que nos
advierte
que “hemos
alcanzado
ese
límite
último
tras el
cual los
caminos de
responsabilidad
y del
cinismo se
bifurcan
irremediablemente”.
Señaló
Anders
que, quien
ha
intentado
alguna vez
“representarse”,
visualizar
o
imaginarse
“los
efectos de
la acción
por él
planteada”
y, “tras
fracasar
en su
intento,
reconoce
verdaderamente
el
fracaso,
le invade
el miedo;
un miedo
salvífico
ante lo
que se
proponía
hacer
realidad”.
“De este
modo
--acotó
Anders--
se siente
llamado a
reexaminar
su
decisión”
y a “hacer
depender
desde
entonces
su
colaboración
de su
propia
decisión”.
Y así “ya
ha dejado
atrás la
zona de
riesgo en
la que le
podría
ocurrir
algo
eichmanniano
y en la
que
podría
convertirse
en ‘un
Eichmann’”.
Anders sintetizó:
‘No puedo representarme el efecto de esta acción’, dice.
‘Luego se trata de un efecto monstruoso.
Luego no puedo asumirlo.
Luego he de revisar la acción planeada, o bien
Rechazarla, o bien combatirla’.
Eichmann evitó correr el riesgo de debilitarse, de fracasar, ejercitando su voluntad para evitar representarse los resultados de sus acciones. Esa autocensura de la vista la ejercitó hasta que se convirtió en un mecanismo automático del inconsciente, hasta convertirle en un estúpido, que no era estúpido. La represión --como categoría psicológica-- ejercitada por Eichmann antecedía a la acción. Su experiencia como testigo directo de la comisión de atrocidades cuando fue enviado a visitar los campos de exterminio en el Este le llevó a la renovada determinación de evitar a cualquier costo cualquier representación hasta el día mismo en que fue ejecutado en Jerusalén. Es más, Eichmann quiso mantenerse lo más posible en la ignorancia acerca de las monstruosidades de las que fue activo co-partícipe. La ignorancia buscada activamente fue la falta en sí, pues quería negarse a saber lo que hacía, negarse a saber lo que sabía, negarse a ver el cuadro completo; un atributo de la personalidad autoritaria-servil. Para eso se refugió en el alibi, en la coartada de estar en otra parte como engrane receptor de órdenes [Befehlsempfänger]a nivel medio de una insaciable megamáquina, que operaba jerárquicamente, sin (querer) representarse el cuadro completo. Estas personalidades autoritario-serviles, omnipotentes hacia abajo e impotentes hacia arriba, personas perfectamente normales, “estaban --y están-- hechas de nuestra misma pasta” (Primo Levi), y abundan en las corporaciones privadas, organismos internacionales, y burocracias estatales de hoy. Piénsese en la ejecución por “expertos” de devastaciones de países, no, de regiones enteras del mundo, de cientos de millones de personas hoy día por los Eichmanns preocupados ante todo por su ascenso escalafonario en los gobiernos de los países, en los organismos internacionales, en las corporaciones privadas de la economía formal y criminal. A las tiranías gubernamentales se suman hoy las tiranías privadas, que muchas veces van juntas, como en el caso de las SS en el nazismo. Así el principio de acción tipo Eichmann lo formula así Anders:
‘Yo no reconozco en absoluto lo monstruoso.
Debido a la ‘desproporción’, soy absolutamente incapaz de reconocerlo.
Luego nada se me puede imputar.
Luego puedo hacer lo monstruoso’.
O
‘Yo no veo a los millones de personas que ordeno llevar a las cámaras de gas.
Me es totalmente imposible verlos.
Por tanto, puedo ordenar tranquilamente que los lleven a las cámaras de gas’.
La segunda raíz o de lo monstruoso, según Anders deriva de que el mundo actual “está en camino de convertirse en una máquina”. Ahora bien, la razón de ser de las máquinas, explicó Anders, es el máximo rendimiento. Por lo tanto, todas y cada una de las máquinas “necesita ‘mundos en derredor’ que garanticen este máximo. Y lo que necesitan, lo conquistan”.
“Toda
máquina
--señaló
Anders--
es
expansionista,
por no
decir ‘imperialista’;
cada una
de ellas
se crea su
propio ‘imperio
colonial’
de
servicios
(compuesto
por
personal
auxiliar,
de
servicio,
consumidores,
etc.) Y de
estos ‘imperios
coloniales’
exigen que
se
transformen
a su
imagen (la
de las
máquinas);
que ‘jueguen
su juego’,
trabajando
con la
misma
perfección
y
seguridad
que ellas;
en una
palabra:
que aunque
localizadas
fuera de
la ‘madre
patria’
[...] se
conviertan
en
co-maquinales.
La
máquina
originaria,
pues, se
expande,
se
convierte
en ‘megamáquina’.
[...] La
autoexpansión
no conoce
límites,
la ‘sed
de
acumulación
de las
máquinas
es
insaciable”.
Al proceso maquinal de exclusión humana lo describió Anders así:
“Las máquinas arrinconan como carentes de valor y nulos todos aquellos fragmentos de mundo que no se pliegan a la co-maquinización por ellas exigida; o que expulsan y eliminan, como si de desechos se tratara, a quienes, incapaces de prestar servicios o reacios al trabajo, sólo desean haraganear, constituyendo así una amenaza para la extensión del imperio de las máquinas. [...] Naturalmente este proceso de co-maquinización no es solamente una lucha de las máquinas ‘contra’ el mundo, sino que es siempre, al mismo tiempo, una lucha ‘por’ el mundo, una competencia que las máquinas ávidas de botín despliegan ‘unas frente a otras’. Pero este hecho [...] no disminuye en absoluto la claridad del objetivo final [...] ‘conquista total’. Lo que desean las máquinas es una situación en la que ya no haya nada que no se pliegue a ellas, nada que no sea ya ‘co-maquinal’, ninguna ‘naturaleza’, ninguno de los así llamados ‘valores superiores’ ni (puesto que para ellas nosotros sólo seríamos ya personal de servicio o de consumo) tampoco nosotros, los seres humanos. Sino solamente ellas.
Así
Anders
llegó a
su
concepto
de “máquina
mundial”,
o “imperio
quiliasta
del
totalitarismo
técnico”:
“El
mundo en
tanto que
máquina,
es
realmente
el estado
‘técnico-totalitario’
al que nos
dirigimos”
y al que
nos hemos
dirigido
“desde
siempre,
pues esta
tendencia
deriva del
principio
de la
máquina,
esto es,
el impulso
de
autoexpansión.
Por esta
razón
podemos
afirmar
tranquilamente:
el mundo
en tanto
que
máquina
es el
imperio
quiliasta
que
soñaron
todas las
máquinas,
desde la
primera de
ellas; y
que hoy
tenemos
realmente
ante
nosotros,
pues desde
hace un
par de
décadas
esta
evolución
ha entrado
en un accelerando
cada vez
más
vertiginoso”.
Cuando
se realice
el imperio
quiliasta
del
totalitarismo
técnico,
acotó
Anders,
“sólo
existiremos
como
piezas
mecánicas
o como
materiales
requeridos
por la
máquina:
‘en
tanto que
seres
humanos’,
seremos
eliminados.
Por lo que
respecta
al destino
de
aquellos
que
ofrezcan
resistencia
a su
co-maquinización,
después
de
Auschwitz
no es
difícil
adivinarlo.
Éstos no
serán
eliminados
‘en
tanto que’
seres
humanos,
sino
materialmente.
El
parecido
de este
amenazador
imperio
técnico-totalitario
con el
monstruo
de ayer es
evidente”.
Es necesario dejar el autoengaño, diría Anders, pues “hemos adquirido la dulce costumbre de considerar el imperio que hemos dejado atrás, el ‘tercer’ Reich, como un hecho único, errático, como algo atípico en nuestra época o en nuestro mundo occidental. Pero este hábito, evidentemente no sirve como argumento, esta actitud no es más que una forma de cerrar los ojos. Puesto que la técnica es hija nuestra, sería tan cobarde como estúpido hablar de la maldición que le es inherente como si esta se hubiera colado casualmente en casa por la puerta trasera. Esta maldición es ‘nuestra’ maldición”.
Alertó
Anders en
todas
estas
reflexiones
que datan
de 1962
que en el
futuro el
‘tercer’
Reich
sería
visto
meramente
como un
“pequeño
experimento
provinciano”:
“Puesto que el imperio de la máquina procede por la acumulación, y puesto que el mundo de mañana se globalizará y sus efectos abarcarán todo, propiamente hablando la maldición se halla todavía ‘ante’ nosotros. Es decir: hemos de esperar que el horror del imperio por venir eclipse ampliamente el del imperio de ayer. No cabe duda: cuando un día nuestros hijos o nuestros nietos, orgullosos de su perfecta co-maquinización, desde las alturas de su imperio quiliasta bajen la mirada hacia el imperio de ayer, el así llamado ‘tercer’ Reich, sin duda éste sólo se les antojará un experimento provinciano, que, pese a su enorme esfuerzo por ser ‘mañana el mundo entero’, y a su cínico exterminio de lo no utilizable, no logró mantenerse en pie. Y sin duda, en lo que allí sucedió no verán otra cosa que un ensayo general del totalitarismo, ataviado con una necia ideología, al que la historia universal se aventuró prematuramente.
Son pocos los países, escribió Primo Levi en 1986 poco antes de morir, “que pueden garantizar su inmunidad a una futura marea de violencia, engendrada por la intolerancia, por la libido del poder, por razones económicas, por el fanatismo religioso o político, por los conflictos raciales”. Ciertamente “hay muchas señales --acotó Levi-- que hacen pensar en una genealogía de la violencia actual que, precisamente se deriva de aquella que dominaba la Alemania de Hitler”. Levi hizo hincapié en rechazar la “teoría de la violencia preventiva”, como la llamó: “Tampoco puede aceptarse la teoría de la violencia preventiva: de la violencia sólo nace la violencia en un movimiento pendular que va ampliándose con el tiempo en lugar de disminuir”.
En la actualidad hay alarmantes indicios de que diferentes ejes están convergiendo con aceleración exponencial en una nueva síntesis de viejas y nuevas formas de violencia, de opresión y de exterminio, que se anuncia unívocamente con el desecho al basurero de la historia de los principios del derecho internacional derivados de la paz de Westfalia de 1648 y con la declaración por la cúpula gobernante del núcleo imperial actual, Estados Unidos de América, de un estado de excepción planetario que conlleva la supresión integral de los derechos inalienables del ser humano y su reducción a la nuda vida, como lo ha formulado el filósofo Girogio Agamben: una especie de mundialización de la Doctrina de Seguridad Nacional del núcleo imperial estadunidense y sus satélites, aplicada y adaptada al mundo actual, que fue experimentada como plan piloto en el Cono Sur latinoamericano en las décadas de 1960 y 1970. La nueva convergencia (¿nuevo imperio técnico-totalitario?) si no es detenida por las fuerzas sociales, promete trascender con mucho a síntesis que le antecedieron, como lo fueron el proyecto quiliasta del ‘tercer’ Reich austroalemán y el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki.
Esto ocurre no sólo porque el imperativo de la megamáquina nos empuja a que hagamos con la técnica todo lo podemos hacer, al tiempo que no podemos crearnos la representación de las consecuencias de todo lo que hacemos, la brecha señalada por Anders, sino porque simultáneamente para su consumación es fomentada masiva y sistemáticamente la cultura de la racionalidad de “la velocidad, flexibilidad y eficiencia”, encarnada en el nuevo hombre que necesita la máquina de Anders: el “hombre flexible” que, como ha analizado el filósofo berlinés Horst Kurnitzky, no es sino la ya conocida personalidad autoritario-servil. Los Eichmann y sus hijos: la banalidad del mal.
NOTA DE ASINCRO agradecemos al autor , Stephen Hasam , su generosidad para que la publicación de este artículo fuera posible en esta revista